Una historia sobre lo que permanece cuando todo lo demás está a punto de desaparecer.
La notificación llevaba tres semanas encima de la mesa.
No la había movido. No la había tirado. Estaba ahí, debajo del bol de las llaves, con el sello azul asomando por un lado.
Alva lo sabía sin mirar.
Por las mañanas hacía café.
No porque tuviera hambre. Porque el ruido de la cafetera llenaba algo. Cuatro minutos de vapor y borboteo y el olor extendiéndose por el pasillo como si el día fuera a ser uno normal.
Lo había hecho así durante once años.
La gente ayudaba.
Rosa del tercero subía dos veces por semana. Traía tuppers y noticias y el nombre de algún abogado, alguna plataforma, alguna ventana que todavía no se había cerrado del todo.
Alva anotaba los nombres en el bloc de la cocina.
El bloc tenía cuatro páginas escritas.
En el juzgado le habían explicado los plazos.
Ella había escuchado con esa atención de quien sabe que está escuchando algo importante pero el cuerpo no termina de recibirlo. Como quien escucha algo importante desde demasiado lejos.
Firmó donde le dijeron.
Guardó la copia en el bolso.
En el bolso ya había otras copias.
Sus manos conocían el piso mejor que ella.
Sabían que el grifo del baño necesitaba un cuarto de vuelta más de lo normal. Que el tercer escalón de la escalera crujía si pisabas en el centro. Que la ventana del dormitorio se abría sola con el viento del sur si no echabas el pestillo.
Cosas que no se anotan en ningún sitio y no se pueden llevar.
Esa tarde vino Jesús de la PAH.
Le explicó que había conseguido aplazar la fecha. Dos semanas más. Quizás tres.
Alva le dio las gracias.
Jesús dijo que no las merecía, que para eso estaban, que no iba a dejarla sola en esto.
Alva dijo que lo sabía.
Cuando se fue, fregó los dos vasos que habían usado. Los secó. Los puso en su sitio.
Por la noche no dormía entera.
Dormía a ratos, con ese sueño superficial en el que sigues sabiendo dónde estás. Escuchaba el edificio. Los pasos del de arriba. El ascensor. La tos del señor Prieto al fondo del pasillo.
Sonidos que había aprendido sin querer.
Suyos sin haberlos pedido.
La mañana de un jueves de abril se levantó antes del alba.
Hizo café.
Escuchó la cafetera.
Luego se sentó en la silla junto a la ventana, la que daba al patio interior, la que nunca había tenido mucha luz pero desde la que, si te fijabas, podías ver el trozo de cielo entre los tejados.
No pensó en nada concreto.
O pensó en todo a la vez.
Las llaves estaban encima de la mesa.
El sello azul asomaba por debajo del bol.
Afuera, alguien empezó a bajar la persiana de un local. El ruido metálico bajando despacio. Parando a medias. Bajando otro poco.
Alva puso la mano sobre las llaves.
Sabía qué puerta tocarían primero.
No por lo que decía el papel.
Por el ritmo del edificio.
Por la forma en que la señora del segundo había dejado de barrer a esa hora.
Por el silencio en el ascensor.
Por el paso detenido de alguien que no subía ni bajaba.
Los había escuchado antes de que llegaran.
No las cogió.
Solo las notó debajo de la palma.
El frío del metal.
El peso exacto.
La forma que once años de abrir y cerrar le habían dado a sus dedos sin que ella lo decidiera.
Afuera, la persiana terminó de bajar.
Alva no se movió.
El cielo entre los tejados empezaba a tener color.
Todavía no había nadie en el rellano.
Todavía no.