El padre entró después.
No corriendo.
A tiempo.
El resto ocurrió como tenía que ocurrir.
La niña salvada.
El hombre correcto.
El animal equivocado.
La historia cerrada.
Cuando ella volvió días después, la casa ya no olía igual.
Había algo limpio en el aire.
Como si alguien hubiera ordenado incluso lo que no se ve.
Se sentó en la misma silla.
La cuerda seguía allí.
No la quitó.
—Van a decir que te derrotaron.
No era una pregunta.
Le pedí perdón.
No por lo que hice.
Por lo que iba a quedarse.
Lloró.
Muy poco.
Lo justo para que no pudiera olvidarse.
Me pidió que no lo hiciera.
Que no me entregara.
Pero hay cosas que no se corrigen.
Se sostienen.
Al irme, cogió un papel de la mesa.
Tenía una esquina doblada.
Me lo dio.
Luego el bolígrafo.
Y después hizo eso.
Ese gesto.
El de siempre.
Un toque suave en el hocico, como si fuera una campana.
—Para que no te olvides de quién eres.
Ahora escribo esto donde nadie viene.
En la parte más honda del bosque.
Donde la tierra no está removida
porque nadie quiere encontrar nada.
Cumplo.
No por justicia.
Por coherencia.
Porque alguien tiene que sostener
lo que otros necesitan creer.
Pero si alguna vez alguien encuentra este papel,
que mire primero la puerta.
Luego la cuerda.
Y después piense
si de verdad todo empezó donde le dijeron.
Porque hay historias que no se equivocan.
Se construyen.
Y cuando eso pasa,
el monstruo
no es el que llega.
Es el que ya estaba dentro. –S. C.–El lobo