
En la plaza había un banco. No estaba elevado. No daba sombra. No servía para hablar.
La gente se sentaba allí a escuchar el estrado.
Desde el banco se veía bien. No demasiado cerca. No demasiado lejos.
Quien se sentaba, asentaba a veces. Otras, callaba. No era necesario estar de acuerdo. Bastaba con quedarse.
Con los años, el banco se desgastó por el peso de los cuerpos quietos.
Un día, el estrado quedó vacío. Nadie subió.
La gente se sentó igual. Miró hacia arriba, donde había habido voz. Se quedó quieta.
El banco seguía allí.
El cuerpo sabe dónde sentarse aunque ya no haya nada que escuchar.
Moraleja:
Quien permanece sin decidir,
sostiene lo que ocurre.
El hábito también es elección.
¿Qué se quedó contigo? Después de leer →
