
En el claro jugaban siempre los mismos.
Las reglas eran sencillas.
Quien perdía, aprendía. Quien no aprendía, dejaba de jugar.
Llamaban a eso meritocracia.
Con los años, los que jugaban eran los hijos de los que siempre habían jugado.
Las reglas seguían siendo sencillas.
El claro siguió lleno.
De los mismos.
Moraleja:
El juego también excluye.
Sobre todo cuando las reglas
las escriben quienes siempre ganan.
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