
El mono observaba desde la rama más concurrida.
Veía todo. O eso creía.
Cuando alguien erraba, señalaba. Cuando dudaba, gritaba.
Pronto aprendió que señalar reunía miradas y que el grito traía aplausos. No necesitó tener razón. Solo necesitó señalar primero.
El bosque se aquietó. Nadie erraba ya. O nadie lo hacía donde el mono pudiera verlo.
El mono miraba más lejos.
La rama crujió un poco. No se cayó. Pero todos lo oyeron.
Moraleja:
Quien convierte el error ajeno en alimento,
termina necesitando que otros fallen.
¿Qué se quedó contigo? Después de leer →