
El perro avisaba cuando algo se acercaba. Era su tarea.
Una vez se equivocó.
Y rieron.
La siguiente, dudó. La voz se le quedó en la garganta.
La tercera, calló.
La noche pasó. El daño quedó.
Moraleja:
Quien castiga el error,
enseña a callar.
El silencio no es virtud.
Es lo que queda.