
A la cría le avisaban de todo.
Del lodo.
Del frío.
Del lobo que quizá pasaría.
Antes de beber, advertencia.
Antes de correr, advertencia.
Antes de mirar, advertencia.
La cría creció con el cuello tenso.
Los hombros hacia arriba.
Aprendió a detenerse en los umbrales.
A oler el aire antes de cualquier paso.
Oía peligro en el agua y amenaza en las hojas.
Un día el lobo pasó de verdad.
La cría lo olió.
Reconoció el olor.
Era idéntico al miedo que le habían enseñado con el viento, con el barro, con la noche.
No supo cuál creer.
Se quedó quieta.
Moraleja:
Quien anuncia peligro a cada paso
enseña a no distinguir el verdadero.
El lobo también aprovecha eso.