Se reconocen

Se reconocen — poema de Santiago Copí
Tú la miras desde lejos,
con esa mezcla de ansiedad y soberbia
con la que algunos confunden el deseo
con una forma de derecho.

Pronuncias su nombre
como si repetirlo bastara
para acercarte
a lo que nunca necesitó buscarte.

Ignoras que hay vínculos
que no se conquistan.

Se reconocen.

Entre ella y yo
no existe la posesión,
ni el orgullo de haber vencido.

Existe algo mucho más insoportable para ti:

que cuando entra por la puerta
no busca con los ojos
si hay alguien más.

Yo conozco la quietud de sus ojos
cuando dejan de defenderse.

La forma en que su silencio
cabe en el mío
sin ajustes.

La tibieza con que su cuerpo se abandona,
la tensión que se pierde en los hombros
sin que ella lo elija.

El cuerpo, incluso el cuerpo,
sabe antes.

Y cuando me nombra,
no hay conquista.

Hay verdad.

Como vuelve el hueso
al hueso que ya conocía.

Por eso no hay desprecio.

El desprecio exige atención.

Y ni ella ni yo
hemos tenido
motivo para volver la cabeza
hacia un nombre
que ninguno de los dos
necesitamos recordar.

Eres la distancia
entre el que llama
y el que ya está adentro.

Y ésa es la herida
que tu orgullo no consigue cerrar:

aquello que anhelas,
aquello por lo que serías capaz
de convertirte en otro,

me ama
como la mano que, al caer dormida,
aprieta sin saberlo
lo que no quiere soltar.

No porque yo la retenga.
No porque tú hayas perdido.

Sino porque el cuerpo
ya lo sabía.

Y mientras tú aún sueñas
con rozarla,

ella duerme sobre mi pecho
—una mano sobre mi costado,
el músculo suelto,
la respiración que no guarda nada—

mucho antes de que llegaras,
ya había elegido.