
CHIQUITÍN Y EL SONIDO QUE ESPERABA
Chiquitín oyó un ruido junto al río.
Era pequeño. Tan pequeño que, para encontrarlo, tuvo que dejar de moverse.
Esperó.
Nada.
Volvió a oírlo.
Tac.
Miró entre las piedras, levantó una hoja, apartó una rama. Nada. Sus orejitas vibraban. Había algo.
Chiquitín siguió buscando. Miró debajo del tronco caído, rodeó la orilla, metió el hocico entre unas raíces. Cada vez que no encontraba nada, avanzaba un poco más, hasta que el bosque dejó de sonar. Los pájaros habían callado. El agua parecía más lejos. Incluso el viento se había quedado quieto entre los árboles.
Chiquitín se sentó. El suelo se hundió un poco bajo su peso.
Esperó.
Al principio oyó sus propios pensamientos. Después, el río. Una hoja. Un pájaro.
Y entonces:
Tac.
Chiquitín no se movió.
El sonido estaba debajo del tronco. Muy cerca.
Esperó otra vez.
Tac.
Entre dos raíces apareció un pico diminuto. Después un ojo. Un pájaro joven. Estaba atrapado.
Chiquitín acercó una pata.
El pájaro retrocedió.
Chiquitín la retiró.
Esperó.
El pájaro permaneció quieto.
Demasiado quieto.
Chiquitín contuvo el aliento.
Un segundo. Dos. El pico no se movía.
Entonces el pájaro parpadeó.
Chiquitín soltó el aire, despacio.
Chiquitín miró las raíces. Podía romperlas. Podía levantar el tronco. Podía sacarlo de allí en un instante.
Pero recordó el Valle. Allí también, algunas cosas se asustaban más cuando alguien llegaba demasiado deprisa.
Así que no hizo nada.
El pájaro volvió a intentarlo. Primero una pata. No. Esperó. Después la otra. Tampoco. Volvió atrás.
Chiquitín siguió allí, sin acercarse y sin hablar.
El pájaro respiró.
Volvió a intentarlo.
Esta vez pasó la cabeza. Luego un ala. Después la otra.
Y salió.
Se quedó sobre el tronco. Era tan pequeño que Chiquitín tuvo que acercarse un poco para verlo bien.
El pájaro lo miró.
Chiquitín no supo qué decir.
El pájaro tampoco.
Así que ninguno dijo nada.
Después abrió las alas, voló hasta una rama y desapareció.
Chiquitín permaneció junto al tronco. Sus orejitas estaban quietas. Miró las raíces. Seguían allí. El tronco seguía allí. El río seguía pasando.
Todo parecía exactamente igual.
Chiquitín se levantó. Dio un paso. Luego otro.
Antes de marcharse oyó otra vez el ruido.
Tac.
Se detuvo.
Sus orejitas temblaron.
Estuvo a punto de darse la vuelta.
Pero el río se llevó el sonido.
Chiquitín sonrió y siguió caminando.
No porque supiera de dónde venía.
Sino porque ya no necesitaba saberlo.
A veces no hace falta encontrar lo que llama.
Basta con dejarle espacio.
UNA PUERTA HACIA OTRO LUGAR
Santiago Copí
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