El Último Árbol que Soñaba Pájaros

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El Último Árbol que Soñaba Pájaros — Santiago Copí

EL ÚLTIMO ÁRBOL QUE SOÑABA PÁJAROS

Una de las cinco puertas de Orígenes. Todavía no se sabe qué hay exactamente detrás de las otras cuatro.

El árbol era el último de su bosque. No recordaba a los demás, solo que antes había sido difícil ver el cielo entre tantas copas, y que ahora no lo era.

Por las noches soñaba pájaros. Los soñaba con tanta fuerza que, si alguien hubiera pasado por allí a la luz de la luna, los habría visto: posados en las ramas, con las plumas quietas, esperando el amanecer para cantar. Pero nadie pasaba, y al amanecer los pájaros se deshacían — no se iban volando, se deshacían, como se deshace el vaho en un cristal, dejando solo la rama vacía y el árbol otra vez solo con el día entero por delante.

Sabía, aunque nunca lo decía, que otros árboles habían tenido pájaros de verdad y los habían perdido igual: una tormenta, un invierno más largo de lo prometido, una migración que simplemente no volvió. Soñar los suyos no era más seguro. Solo dolía distinto. No podía volar tras ellos ni seguirlos cuando se iban; solo podía soñarlos más fuerte, que era la única persecución que le quedaba.

Una noche llegó un pájaro de verdad. Venía cansado, con un ala ligeramente torcida, y se posó en la rama más baja sin pedir permiso, porque los pájaros de verdad no piden permiso para descansar. El árbol no dijo nada — no sabía cómo se hablaba con algo que no era un sueño — y el pájaro se quedó toda la noche. Al amanecer, se fue, y el árbol pensó: otro que se deshace.

Pero en la rama había quedado una pluma. Las plumas de los sueños no dejaban nada; se deshacían enteras, sin rastro. Esta seguía ahí al mediodía, y al día siguiente, y el árbol la miró mucho tiempo sin entender todavía que hay una diferencia entre un pájaro que se deshace y un pájaro que simplemente se va — y que esa diferencia no promete nada.

Pasaron muchas noches sin sueños. No porque el árbol hubiera dejado de querer pájaros, sino porque por primera vez tenía algo que no necesitaba imaginar: una pluma real, en una rama real, que no se había ido a ninguna parte. Y algo más difícil de sostener: la certeza de que el pájaro podía no volver nunca, y de que eso no lo convertiría en un sueño deshecho, sino en algo peor — en alguien que decidió no volver.

Volvió, mucho después, con el ala ya recta. Se posó en la misma rama, junto a la pluma que había dejado, como quien vuelve a un sitio que reconoce sin necesitar explicarlo.

—Pensé que eras un sueño —dijo el árbol. Fue la primera vez que hablaba en voz alta en mucho tiempo.

—No —dijo el pájaro—. Solo estaba lejos.

—¿Vas a quedarte?

—No lo sé todavía.

El árbol pensó en soñar con fuerza, para asegurarse de que esta vez no pudiera irse. No lo hizo. Dejó la rama quieta, sin apretar, de la única manera en que un árbol puede ofrecer algo: quedándose exactamente donde está, sabiendo que quedarse quieto no es ninguna garantía.

El pájaro se quedó esa noche, y otra. Cuando se fue de nuevo, semanas después, el árbol ya no pensó que se estaba deshaciendo. Pensó que se estaba yendo, que no era lo mismo, y que algún día —con su propio ritmo, o quizá con ningún ritmo, quizá nunca— volvería a ser lo otro: la vuelta.

El árbol dejó de soñar pájaros que se quedaran para siempre. Empezó a soñar, simplemente, con ser un buen sitio donde posarse. Los que volvían, volvían. Y a los que no, el árbol ya no los llamaba pérdida.

Solo silencio, con el tamaño exacto de un pájaro que todavía no ha decidido regresar.


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Santiago Copí

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