
Dos manantiales fuimos antes del río. La montaña nos enseñó que la claridad no nace del agua, sino de la piedra que cede. Descendimos, no buscando el mar, sino siguiendo esa inclinación que tienen las cosas vivas hacia aquello que las llama. Hubo inviernos. Piedras. Árboles caídos. Y hubo días en que avanzar era simplemente otra forma de romperse. Pero el agua nunca recuerda la forma de la herida. Una mañana, tu corriente entró en la mía. Y fue el río quien encontró su nombre. Después, la luz aprendió a tener dos orillas. Y el tiempo, cuatro nombres. Los vimos partir, como el agua que nunca deja de pertenecer al manantial. Ahora, el cauce ya no discute con las piedras. Las rodea. Las escucha. Y cuando el horizonte borra la última orilla, el mar no nos espera. Nos reconoce.
¿Qué se quedó contigo? Después de leer →
