El Aire

El Aire — poema de Santiago Copí
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El Aire — poema de Santiago Copí
El aire nunca aprendió el nombre
de aquello que sostenía.

Atravesaba la piedra
con la paciencia del agua.

Entraba en los bosques sin contar los árboles,
descendía hasta el mar
y regresaba a las montañas
sin llevarse más horizonte
del que podía devolver.

Ninguna respiración volvió jamás
con el nombre de quien la había exhalado.

El viento lo sabía.

Por eso no llamaba primero
a unas ventanas que a otras,
no demoraba la lluvia sobre un tejado,
no apartaba la nieve de un camino
ni enseñaba a las semillas
qué tierra merecía florecer.

Durante siglos
el mundo respiró así.

Las raíces bebían la misma noche.

Los ríos desembocaban
sin preguntar el nombre del mar.

Los árboles devolvían el aire
incluso a la mano
que llegaba con un hacha.

Y el horizonte nunca encontró
una razón para partirse.

Los pájaros tampoco.

Cada uno llevaba en la garganta
una manera distinta de atravesar el silencio,

y ningún bosque confundió jamás
la armonía
con una sola canción.

Había alas grandes,
alas pequeñas,
alas que apenas podían
sostenerse contra el viento.

El cielo no corrigió ninguna.

Las dejó pasar.

Nunca necesitó comprender el vuelo
para hacerle sitio.

También las flores llegaban distintas.

Unas buscaban el sol.
Otras abrían su color
cuando la tarde empezaba a perderlo.

Algunas crecían juntas.

Otras encontraban entre dos piedras
el espacio suficiente
para inventarse un jardín.

Nadie les preguntaba por qué.

La primavera no llevaba cuentas.

Le bastaba con que algo estuviera vivo
para regresar.

Y regresaba.

Incluso después del hielo.

Sobre todo
después del hielo.

Hasta que una mañana

alguien creyó
que el viento también podía aprender.

No construyó un muro.

Construyó una diferencia.

Al principio era apenas una línea,
tan pequeña
que cabía entre dos miradas.

Después aprendió a ocupar
la distancia entre dos manos.

Más tarde,
una mesa.

Una calle.

Una casa.

Hasta que hubo lugares
donde dos cuerpos podían rozarse
y seguir estando
a kilómetros de distancia.

El aire atravesaba aquel espacio.

No entendía nada.

Había estado en ambos pechos.

Conocía por dentro
el temblor de los dos.

Sabía que el miedo ocupaba
aproximadamente el mismo lugar
bajo las costillas;

que una ausencia podía alterar
el ritmo del corazón;

que una mano encontraba otra
mucho antes de que los dedos supieran
cómo llamarla.

El aire sabía todo aquello.

Y no sabía
qué hacer con una diferencia.

Por eso siguió llegando.

Entraba por las rendijas,
levantaba las cortinas,
movía las fotografías,
dejaba sobre la mesa
el olor de la calle.

A veces encontraba una habitación
donde alguien respiraba muy bajo.

No por falta de aire.

Había aprendido a ocupar menos.

A reducir el pecho.

A guardar ciertas palabras
en ese lugar de la garganta
donde las palabras empiezan a pesar.

Algunas permanecieron allí tantos años
que olvidaron cómo sonaban.

Otras aprendieron a salir
solamente cuando la casa dormía.

Primero muy bajo.

Después frente al espejo.

Más tarde,
junto a una puerta cerrada,

como si decirse
fuera todavía algo
que necesitara paredes.

El aire las escuchaba.

No entendía por qué una palabra
podía necesitar oscuridad
para existir.

La llevaba hasta la ventana,
la mezclaba con el olor de la noche

y la devolvía al mundo
sin preguntarle de dónde venía.

Ninguna voz desaparece del todo.

Queda algo.

Una vibración mínima.

Un resto de aliento
adherido a las habitaciones
donde alguien consiguió pronunciarse.

Hay casas que lo conservan:

en una silla,

en una fotografía
guardada demasiado tiempo,

en una camisa
que nadie se atreve a retirar
del fondo de un armario,

en el hueco de una cama
donde el frío tarda más en llegar.

El aire pasa por esos lugares
y cambia.

Muy poco.

Lo suficiente
para que alguien crea
haber escuchado su nombre.

No siempre hubo tiempo
para abrir las ventanas.

Hubo respiraciones que terminaron
con el pecho todavía a medio llenar.

Manos que aprendieron demasiado tarde
que podían permanecer juntas.

Voces que encontraron su verdadera altura
cuando ya casi nadie
quería escucharlas.

El viento pasó también
por encima de ellas.

No para borrarlas.

El viento no sabe borrar.

Solo sabe llevar.

Y llevó aquellas voces
a otros lugares,
a otras habitaciones,
a otros pechos
que todavía respiraban bajo.

Hay palabras que un día
aparecen en nuestra boca
sin que nadie nos las haya enseñado.

Vienen de lejos.

Todo lo que alguna vez
no pudo decirse
continúa viajando

hasta encontrar una garganta
que ya no tenga miedo.

·

Entonces el viento hacía algo extraño.

Se quedaba.

No mucho.

Un instante apenas.

El tiempo suficiente
para que una cortina se moviera
sin que ninguna ventana estuviera abierta.

El tiempo suficiente
para que alguien levantara la cabeza.

Después seguía.

Como si nada.

Algunas formas de resistencia
necesitan parecer pequeñas
para sobrevivir.

Hubo quien intentó
enseñarle otros nombres:

correcto,
incorrecto,

dentro,
fuera,

normal,
distinto.

El viento los escuchó todos.

Luego atravesó una plaza
y los perdió.

Nunca tuvo buena memoria
para las palabras que separaban.

Recordaba mejor otras cosas:

el olor del pan
cuando una puerta se abre,

la tierra después de la lluvia,

dos cuerpos que permanecen juntos
cuando ya no queda nada que decir,

una madre acercándose
a la cama de un niño
para comprobar, sin despertarlo,
que todavía respira.

Eso sí lo recordaba.

Hay cosas que el aire reconoce
sin necesidad de entenderlas.

El amor era una de ellas.

Aunque tampoco conocía
esa palabra.

Solo sabía que algunos cuerpos,
al encontrarse,
respiraban distinto.

Más despacio unas veces.

Otras,
como si hubieran corrido
desde muy lejos.

Y nunca se preguntó
qué cuerpos eran.

Le bastaba con sentir
cómo cambiaba el espacio entre ellos.

Porque el aire conoce bien
las distancias.

Sabe cuándo una puerta está cerrada,
cuándo una ventana ha quedado entreabierta,

cuándo dos manos están
a un centímetro
de convertirse en otra cosa.

Pero jamás comprendió
por qué ese centímetro
podía ser libertad para unos

y peligro para otros.

El mismo aire entraba en el pecho
de quien apartaba la mirada

y en el de quien obligaba a bajarla.

Llenaba los pulmones
de quien ofrecía una mano

y los de quien cerraba el puño.

Pasaba por la misma garganta
que pronunciaba un nombre con ternura

y por aquella
que conseguía convertirlo en herida.

El aire no se negaba.

No sabía hacerlo.

Entraba.

Ensanchaba las costillas.

Rozaba la sangre.

Salía de nuevo
convertido en voz,

sin poder elegir
qué haríamos con ella.

Hubo palabras
que necesitaron muy poco aire.

Una sílaba.

Dos.

Apenas un golpe
de lengua contra los dientes.

Y bastaron

para que otro pecho
olvidara durante años
cómo llenarse entero.

El viento pasó después
por la boca que había herido.

No encontró nada distinto.

La misma humedad.

El mismo calor.

La misma oscuridad
antes de la garganta.

La diferencia
nunca había estado
en los pulmones.

·

Hubo días
en que el viento se enfureció.

No contra nadie.

Contra los muros.

Golpeó persianas,
arrancó hojas,
hizo crujir árboles
que llevaban cien años
aprendiendo a resistir.

Después se calmó.

Su fuerza no estaba
en destruir.

Estaba en volver.

Volver después de la tormenta.

Entrar por la grieta
que nadie consiguió cerrar.

Encontrar una semilla
debajo de los escombros

y quedarse allí,

moviendo apenas la tierra,

hasta que algo decidiera
nuevamente
crecer.

Pero hubo un día
en que una semilla no esperó.

Había pasado demasiados inviernos
aprendiendo a no crecer.

Rompió.

Primero hacia abajo.

Como hacen todas.

Buscó oscuridad.

Se sostuvo en ella.

Y solo después

subió.

Creímos que crecer
era abandonar
lo que estaba debajo.

La raíz sabía otra cosa.

Para alcanzar la luz
no necesitaba negar
la oscuridad de la que venía.

Cuando apareció el primer brote,
nadie lo oyó.

No hubo ruido.

No hubo victoria.

La tierra se abrió
apenas unos milímetros.

Y fue suficiente.

El viento encontró aquella hoja
y la movió.

Una vez.

Otra.

Después otra.

Hasta que otras semillas,
todavía enterradas,

comprendieron algo
que nadie les había explicado.

Desde entonces

el aire llega igual.

Hay ventanas que permanecen abiertas
toda la vida
sin conocer el horizonte.

Hay pulmones que piden permiso
antes de llenarse.

Hay voces que aprendieron a hablar
con el pecho a medio abrir.

Hay manos
que todavía se separan
cuando alguien mira.

Y hay otras que un día

no lo hacen.

Nada ocurre entonces.

La tierra no tiembla.

El mar no cambia de sitio.

Ningún árbol deja de dar sombra.

El cielo continúa ocupando
exactamente
la misma extensión.

Solo dos manos
permanecen juntas.

Al principio tiemblan.

Muy poco.

Lo suficiente
para que el aire
quepa entre los dedos.

Después
dejan de hacerlo.

Y pasa el tiempo.

Un niño ve aquellas manos
desde la otra acera.

No pregunta.

Sigue caminando.

Persigue una pelota
que ha rodado hasta los pies
de dos desconocidos.

Uno la recoge.

El otro sonríe.

El niño da las gracias
y vuelve corriendo.

Nada más.

El viento levanta
un poco su camiseta.

La pelota vuelve
a golpear el suelo.

Y durante unos metros
todo cuanto existe
parece haber olvidado

que alguna vez
aquello necesitó valentía.

Años después,

ese niño quizá camine
por la misma calle.

Quizá lleve otra mano
dentro de la suya.

Quizá no.

Que no recuerde
el instante exacto
en que aprendió
que podía hacerlo.

Que nadie tenga
que enseñárselo.

Que el gesto
no sea una conquista.

Ni una declaración.

Ni siquiera
una forma de coraje.

Solo una mano
buscando otra mano

porque estaba cerca.

Y entonces habrá ocurrido
algo que el viento
sí comprenderá.

Nada.

Absolutamente nada.

La tierra no temblará.

El mar seguirá
en el mismo sitio.

Las ventanas continuarán
abriéndose por la mañana.

Alguien llegará tarde al trabajo.

Una mujer comprará pan.

Un anciano regará una planta.

Dos adolescentes discutirán
por alguna tontería.

Y dos manos seguirán juntas

sin que el mundo considere necesario
detenerse a mirarlas.

Una victoria
que no necesite nombre:

llegar al día
en que nadie recuerde
que hubo que conquistarla.

Porque para cambiar el mundo

a veces basta

con dejar de apartar la mano.

·

El aire pasa entre los dedos.

No celebra.

No condena.

No pregunta.

Sigue.

Como ha seguido siempre.

Los árboles continúan buscando la luz.

Los ríos,
el mar.

Las semillas,
alguna grieta.

Los pájaros
conservan canciones distintas.

Y cada amanecer
el viento vuelve a empezar.

Entra en una casa.

Sale de otra.

Cruza una cama.

Una plaza.

Un hospital.

Una escuela.

Una frontera.

También atraviesa los lugares
donde quedan escritos
los nombres de quienes ya no respiran.

Pasa sobre la piedra.

Entre las flores.

Mueve alguna cinta.

Levanta una hoja seca.

Nada más.

El aire no sabe
que un nombre puede sobrevivir
a unos pulmones.

Pero nosotros sí.

Por eso los escribimos.

Por eso regresamos.

Por eso hay días
en que pronunciarlos
es otra forma de devolverles
un instante al mundo.

Después el viento continúa.

Y llega al otro lado

sin saber
que ha cruzado nada.

Mientras lees estas palabras,

el aire ha entrado y ha salido de ti
decenas de veces.

No le has dado permiso.

Quizá ni siquiera
lo hayas notado.

Ha ensanchado tu pecho.

Ha rozado tus costillas.

Ha atravesado
la humedad de tu boca.

Ha permanecido un instante
en el lugar exacto
desde el que nace tu voz.

Y después ha salido.

Quizá mientras leías
una mano.

Un muro.

Una herida.

Quizá mientras decidías
a quién pertenecía
cada una.

El aire no lo sabe.

Dentro de ti
ha hecho exactamente lo mismo
que dentro de cualquier otro cuerpo.

Y cuando abandone esta habitación

no llevará consigo tu nombre.

Ni tu edad.

Ni aquello que amas.

Ni aquello que temes.

Ni las palabras
con las que alguna vez
alguien intentó explicarte
quién debías ser.

Solo llevará
un poco de tu calor.

Nada más.

Y ese mismo aire,
mezclado ya
con todo lo demás,

entrará mañana
por una ventana
que nunca has visto.

Llegará quizá hasta alguien
a quien nunca conocerás.

Alguien que ama
de una manera que no comprendes.

Alguien que pronuncia el mundo
con otras palabras.

Alguien que teme
lo mismo que tú

sin saber
que tú existes.

Entrará.

Saldrá.

Y durante unos segundos

habréis compartido algo

que ninguno
podrá reclamar como suyo.

Algunas noches,

cuando el mundo
parece haber aprendido
demasiadas palabras,

abro la ventana.

No para que entre el aire.

Para recordar
que nunca estuvo fuera.

Y respiro.

Como respira el árbol.

Como respira el ciervo.

Como respira quien amo.

Como respiró
quien ya no puede hacerlo.

Como respira quien todavía esconde
una palabra detrás de los dientes.

Como respira quien alguna vez
utilizó una palabra para herir.

Como respirará mañana
alguien que aún no sabe

que no tendrá
que esconderla.

Todavía queda algo
que no hemos conseguido
enseñarle al viento.

Y mientras no lo aprenda,

mientras siga entrando
en cada pecho
sin preguntar su nombre,

mientras una semilla
pueda romper la tierra

y dos manos puedan encontrarse
sin aprender primero
a tener valor,

queda
una posibilidad.

La misma que existía
antes del primer muro.

Antes de la primera palabra
pronunciada para separar.

Antes de que una voz
aprendiera a bajar el volumen
para poder seguir siendo voz.

Antes de que alguien
mirara dos manos juntas
y creyera
que había algo que corregir.

Antes de que descubriéramos
que una boca podía utilizar
el mismo aire

para besar

o para herir.

Antes incluso
de que alguien creyera
que el mundo necesitaba permiso
para ser distinto.

El aire nunca aprendió el nombre
de aquello que sostenía.

Tal vez por eso

todavía

nos sostiene.

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