LA ÚNICA DISTANCIA

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La única distancia — Santiago Copí
Hay mujeres que se recuerdan.

Y hay una.

Una que no necesita llegar porque ya estaba.

Yo ya estaba vivo cuando la conocí. Pero todavía no sabía quién era.

Ella ya estaba.

En alguna parte de lo que iba a ser mi vida.

Después vinieron los años.

La casa. Las noches sin dormir. Las manos pequeñas llamándonos desde habitaciones oscuras. Cuatro veces el amor convertido en hijos.

El cansancio.

Las cuentas.

Los días buenos.

Los otros.

Las heridas que nadie vio.

Y ella.

Siempre ella.

En la respiración de la casa. En el hueco que deja mi mano cuando la busca. En esa parte de la noche donde el cuerpo todavía no ha dicho nada y, sin embargo, ya lo está diciendo todo.

La conozco de memoria.

O eso creía.

Pero la memoria no basta.

Nunca basta.

Porque hay cuerpos que, cuanto más se conocen, más misterio guardan.

Y porque cada vez que se acerca vuelve a ocurrir lo imposible:

su cuerpo no termina donde empieza mi deseo.

Se mezcla.

Se queda.

Me habita con la paciencia de las cosas que han decidido no marcharse jamás.

Hay en ella una forma de mirarme que todavía me desarma.

Después de tantos años.

Después de tantos hijos.

De tantas noches vencidas.

De tantas veces en que la vida intentó dejarnos al otro lado de nosotros mismos.

Y ahí sigue.

Con esa manera suya de saber cuándo me duele algo antes de que yo encuentre el valor de decirlo. De sentir lo que pienso. De presentir la herida antes de que la sangre exista.

A veces basta que se acerque.

Que el aire cambie entre los dos.

Que aparte el pelo de su cuello.

Y algo despierta.

No sé qué nombre tiene.

Quizá ninguno.

Es el cuerpo reconociendo su casa.

Entonces mi boca sabe dónde ir antes que yo.

Mi mano recuerda.

La piel responde.

El perfume leve detrás de su oreja.

La curva conocida de su cuello.

El lugar exacto donde mi boca recuerda quién soy.

Y el mundo, que durante el día pesa tanto, empieza a caerse de nuestros hombros.

Despacio.

Prenda a prenda.

Miedo a miedo.

Hasta que sólo queda esa distancia mínima.

Su respiración contra la mía.

La oscuridad aprendiendo nuestros nombres.

El temblor.

La pausa.

Su boca.

La mía.

Y ese instante en que el deseo deja de ser deseo porque ya no quiere nada.

Ya lo ha encontrado.

La deseo.

Todavía.

Pero no como se desea lo nuevo.

La deseo como se desea aquello que uno ha amado tanto que ya forma parte de su propia respiración.

Con hambre.

Con ternura.

Con la urgencia de la primera vez.

Con la certeza de todas las demás.

Con esa paciencia feroz que tienen las cosas que uno sabe que no quiere perder.

Porque hay cuerpos que se recorren.

Y hay cuerpos en los que uno aprende a vivir.

El suyo es mi lugar.

Mi descanso.

Mi peligro más dulce.

La única distancia que nunca he querido atravesar para alejarme.

La deseo cuando se ríe. Cuando se enfada. Cuando me espera. Cuando me toca sin saber que llevo todo el día necesitando que alguien lo haga.

La deseo incluso cuando me cuida.

Y quizá ahí sea donde más vulnerable me siento.

Porque nadie debería saber tanto de alguien.

Nadie debería conocer el lugar exacto donde empieza a romperse.

Saber cuándo tiene frío.

Cuándo miente diciendo que está bien.

Cuándo se está cayendo por dentro.

Y, aun así, quedarse.

A veces la miro dormir y comprendo que el amor no siempre es una palabra hermosa.

A veces es una mujer cansada.

Una mujer que se queda.

Que te cubre cuando tienes frío. Que recoge los pedazos que vas dejando por la casa. Que ha visto al hombre que eres y al que finges ser.

Hay noches en que la miro dormir.

Nada más.

Su pelo desordenado sobre la almohada.

Una mano abierta.

La respiración tranquila.

Y la habitación entera suspendida en ese instante en el que no pasa nada y, sin embargo, está pasando una vida.

Entonces pienso que quizá el amor sea esto.

Una mujer que ha visto mis ruinas desde dentro y todavía sabe dónde poner una luz.

Pero luego despierta.

Me mira.

Y vuelve a ocurrir.

Todo.

La fiebre lenta.

El hambre.

La primera vez escondida dentro de todas las demás.

Esa electricidad antigua que todavía corre entre los dos cuando el mundo se calla y nuestros cuerpos empiezan a hablar en un idioma que nadie más entiende.

Y comprendo entonces lo que he tardado una vida en entender.

Nunca la he deseado a pesar del tiempo.

La deseo por el tiempo.

Por todo lo que ha quedado después de nosotros.

Por las noches en que hicimos el amor mientras la vida parecía demasiado grande.

Por aquellas en que sólo supimos abrazarnos y fue suficiente.

Por cada vez que uno de los dos estuvo a punto de caer y el otro puso el cuerpo.

Por las veces que nos salvamos sin saberlo.

Ella sabe quién fui.

Sabe quién he intentado ser.

Conoce al hombre que se levanta.

Y al que se esconde.

Ha visto mis días más hermosos.

Y también aquellos en que yo mismo no habría querido mirarme.

Y aún está aquí.

Ése es su milagro.

No haberme amado cuando era fácil.

Sino haber aprendido mis sombras sin dejar de reconocerme.

Por eso, cuando la noche cierra la puerta y nos quedamos solos, todavía sabe cómo devolverme al primer incendio.

Todavía puede rozarme y devolverme el hambre.

Todavía puede abrir la puerta de una habitación y hacer que algo en mí vuelva a tener dieciocho años.

Todavía puede mirarme y dejarme indefenso.

Después de todo.

A pesar de todo.

No.

No.

Precisamente por todo.

Porque la única distancia que existe entre la vida que tengo y la vida que no sabría vivir es ella.

Y entonces comprendo.

Que todo lo que he sido ha venido a desembocar aquí.

En esta mujer.

En esta compañera.

En esta madre que convirtió cuatro veces el amor en vida.

En esta presencia que me cuida incluso cuando no sabe que estoy a punto de caer.

En esta piel que conozco.

En esta piel que nunca terminaré de conocer.

Si algún día me preguntara dónde termina lo que soy, no señalaría mi piel.

La buscaría.

Esperaría a que levantara los ojos.

Y diría:

ahí.

Porque donde ella empieza

no termino yo.

Pero tampoco empiezo.

Empieza

lo que soy cuando ella está.

Porque yo puedo perder muchas cosas.

El rumbo.

La calma.

Hasta la fe.

Pero si la pierdo a ella, no sé quién quedaría.

Quizá un hombre.

Quizá un cuerpo.

Quizá una sombra aprendiendo a pronunciar su nombre sin voz.

Por suerte, cuando la noche se inclina sobre nosotros, todavía está aquí.

Y basta con que me toque.

Basta con que acerque su boca a la mía.

Basta con que vuelva a mirarme como si todavía pudiera salvarme.

Entonces todo encaja.

El deseo.

La vida.

El miedo.

El amor.

Y yo.

Yo vuelvo a ser.

Porque ella está.

Y mientras ella esté,

todo lo que soy

seguirá.

Seguirá siendo.

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