MELLAO Y LA LUZ QUE NO QUERÍA VOLVER

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Mellao

MELLAO Y LA LUZ QUE NO QUERÍA VOLVER

Mellao encontró una luz debajo del agua.

La vio entre las algas, justo cuando el sol empezaba a desaparecer detrás del puerto.

Era pequeña. Muy pequeña.

Parpadeaba tres veces y se apagaba.

Mellao se acercó.

La luz volvió a aparecer. Una. Dos. Tres.

Después nada.

Mellao esperó.

Volvió a aparecer. Una. Dos. Tres.

—Hola.

Su voz atravesó el agua.

Un banco de peces salió disparado de entre las rocas.

Mellao cerró la boca. Esperó a que regresaran.

—Perdón.

La luz seguía allí.

Mellao la observó durante un rato.

Parecía una estrella.

Pero las estrellas no solían esconderse debajo del agua.

Acercó un dedo.

La luz desapareció.

Mellao retiró la mano.

La luz volvió.

Acercó otro dedo. Desapareció. Lo retiró. Volvió.

Mellao frunció el ceño.

—No te gusta que te toquen.

La luz parpadeó. Una. Dos. Tres.

—Eso ha sido un sí.

Mellao sonrió.

La sonrisa enseñó demasiados dientes.

La luz se apagó.

—Vale.

Se quedó quieto. Muy quieto.

Tan quieto como podía quedarse un tiburón enorme con trescientos dientes y una mano capaz de cubrir una boya entera.

Aguantó quieto, y la luz volvió.

Esta vez permaneció encendida unos segundos.

Mellao la vio mejor.

No era una estrella.

Era una pequeña lámpara, sujeta a un trozo de madera.

Y el trozo de madera estaba atrapado entre dos rocas.

Mellao extendió la mano.

Se detuvo.

Miró la lámpara. Miró su mano.

La mano volvió a parecerle demasiado grande.

Probó con un dedo.

La madera se movió. La lámpara parpadeó.

Mellao retiró el dedo.

—Lo siento.

Esperó a que la corriente pasara entre las rocas.

La madera volvió a moverse.

Entonces Mellao entendió que la lámpara no estaba atrapada.

Estaba intentando salir.

Y llevaba toda la tarde chocando contra las mismas dos piedras.

Mellao miró alrededor.

No había nadie. Ni barcos. Ni peces. Ni una cuerda.

Solo aquella pequeña luz y el agua oscureciéndose poco a poco.

Podía sacarla.

Eso era fácil. Demasiado fácil.

Mellao sabía que las cosas fáciles podían volverse difíciles cuando uno tenía su tamaño.

Eso lo había aprendido en el Valle, mucho antes de llegar al puerto.

Así que hizo algo que no se le daba especialmente bien.

Esperó a que el agua hiciera el trabajo.

La corriente empujó.

La madera avanzó un poco. Retrocedió. Volvió a avanzar.

Chocó.

La lámpara se apagó.

Mellao contuvo la respiración.

La luz no volvió.

Esperó. Nada.

—Oh, no.

Miró las rocas. Miró la lámpara. Miró sus manos.

Después miró hacia arriba.

La superficie estaba casi negra.

En el puerto comenzaban a encenderse las primeras luces.

Mellao volvió a mirar la pequeña lámpara.

Y entonces tuvo una idea.

No podía sacarla.

Pero quizá podía quitarle la piedra que la detenía.

Introdujo un dedo entre las dos rocas.

Empujó muy despacio.

La piedra se movió. Demasiado.

Mellao dejó de empujar.

La piedra volvió a su sitio.

La lámpara seguía apagada.

Mellao cerró los ojos. Pensó.

Después abrió la boca.

—No voy a mover la piedra.

Una gaviota pasó sobre él.

Mellao levantó la cabeza.

—Ni tú tampoco.

La gaviota siguió volando.

Mellao volvió a mirar la lámpara y esperó, hasta que la corriente regresó, esta vez desde el otro lado.

La madera se levantó. Giró. Pasó entre las dos piedras.

Y salió.

Mellao abrió mucho los ojos.

La pequeña lámpara volvió a encenderse. Una. Dos. Tres.

La madera siguió flotando.

Mellao la acompañó.

No la tocó. Solo nadó debajo.

La luz avanzaba delante de él.

A veces se detenía. A veces giraba.

Una vez volvió hacia las rocas.

Mellao no la siguió. Se quedó quieto hasta que la corriente la devolvió al camino.

Siguieron así durante un largo rato.

Hasta que apareció el muelle.

Mellao se quedó abajo.

La lámpara llegó hasta una pequeña escalera. Allí quedó atrapada.

Mellao suspiró.

—Ahora sí.

Estiró un dedo.

Pero antes de tocarla escuchó una voz.

—¡Ahí está!

Mellao miró hacia arriba.

Había un niño sentado en el borde del muelle, con una cuerda enrollada alrededor del brazo.

El niño se arrodilló. Alargó la cuerda.

La lámpara quedó enganchada.

El niño tiró. La subió. La abrazó contra el pecho.

Mellao permaneció bajo el agua.

El niño miró la pequeña luz. Después miró el mar.

—Pensé que no volverías.

Mellao no dijo nada.

El niño levantó la lámpara. La luz iluminó su cara.

—Era de mi abuelo.

Mellao miró hacia otro lado.

El niño permaneció unos segundos en silencio.

Luego sonrió.

—Gracias.

Mellao pensó en responder.

Podía decir que no había hecho nada. Podía decir que la corriente la había llevado. Podía decir que solo había estado allí.

Al final dijo:

—De nada.

La palabra salió tan baja que no movió ni una sola ola.

El niño volvió a sonreír.

Y se fue.

Mellao permaneció debajo del muelle.

Miró cómo la pequeña luz se alejaba.

Luego miró sus propias manos.

Seguían siendo enormes. Seguían pudiendo romper muchas cosas.

Eso no había cambiado.

Lo que había cambiado era otra cosa: ya no necesitaba que todo lo que encontraba necesitara de él.

A veces bastaba con quedarse cerca.

Por encima del agua, la lámpara avanzaba hacia el puerto.

Debajo, Mellao la siguió durante unos minutos.

Después se detuvo.

La dejó continuar sola.

Alzó la cabeza.

La luna acababa de aparecer.

Mellao la miró. Sonrió.

Y se hundió despacio.

Arriba, la pequeña luz siguió avanzando. Una. Dos. Tres.

Después siguió su camino.


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Santiago Copí

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