ROBERTÍN Y LA COSA QUE NO ESTABA PERDIDA

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Robertín — The Invisible Map

ROBERTÍN Y LA COSA QUE NO ESTABA PERDIDA

Robertín tenía un cajón para las cosas que nadie quería.

Dentro guardaba una canica atravesada por una grieta, tres botones de distinto tamaño, una llave que no abría ninguna puerta, un cordón rojo y un caballo de madera al que le faltaba una pata. También había diecisiete calcetines sin pareja.

Siempre diecisiete.

Robertín los había contado tantas veces que ya no necesitaba hacerlo. Pero, de vez en cuando, volvía a contarlos por si alguno había encontrado por fin al otro.

En el frontal del cajón había pegado una etiqueta:

COSAS QUE TODAVÍA PUEDEN IMPORTAR.

Nadie le había pedido que guardara aquellas cosas.

Robertín tampoco sabía explicar exactamente por qué lo hacía.

Simplemente había aprendido que algo podía parecer inútil y, sin embargo, estar unido a otra cosa que todavía no había aparecido.

Eso también lo había aprendido en el Valle.

Aquella mañana encontró una estrella debajo de un banco del patio.

Era pequeña y azul. Estaba doblada con una hoja arrancada de un cuaderno y tenía una de las puntas ligeramente aplastada, como si alguien la hubiera pisado y después hubiera decidido no terminar de hacerlo.

Robertín la recogió y la giró despacio entre sus pequeñas manos.

Había tres marcas de lápiz en una de las puntas.

Miró alrededor.

El patio estaba lleno de niños.

Las voces pasaban entre los árboles.

Una pelota golpeaba una pared al otro lado.

Alguien reía cerca de la puerta.

Nadie parecía estar buscando una estrella.

Robertín la guardó en su cajón, junto al caballo de madera, y cerró con cuidado.

A la mañana siguiente, la estrella había desaparecido.

Abrió el cajón y comprobó dos veces.

Los botones estaban allí.

La llave.

El caballo.

Los diecisiete calcetines, todavía diecisiete.

La estrella no.

Miró debajo del banco. Después recorrió el aula, el pasillo y la biblioteca.

Nada.

Su antena vibró una vez.

No era preocupación.

Era una diferencia.

Algo se había movido.

Al mediodía encontró otra estrella debajo del viejo roble.

Mismo papel azul.

Mismo doblez.

Las mismas tres marcas de lápiz.

Robertín se quedó quieto.

Miró la estrella.

Después el banco.

Luego el roble.

La distancia entre ambos no era grande.

Pero tampoco era casual.

Había algo que los unía.

Robertín siguió el rastro.

Encontró otra estrella junto a los escalones del gimnasio. Otra detrás de una papelera. Otra al lado de una verja de madera que casi siempre permanecía cerrada.

Cuando llegó hasta ella, había nueve.

Nueve pequeños trozos de papel azul dibujando un recorrido que no parecía un recorrido hasta que uno sabía que estaba allí.

La verja estaba abierta.

Al otro lado había un niño sentado en el suelo. Sujetaba una hoja de papel contra el pecho para que el viento no se la llevara.

Cuando vio a Robertín, levantó la cabeza.

—Las has encontrado.

Robertín miró las estrellas.

—Las has hecho tú.

El niño asintió.

Durante unos segundos ninguno de los dos dijo nada.

Después el niño miró hacia la verja.

—Hoy viene mi hermana.

Robertín esperó.

—Es su primer día. No conoce a nadie.

Bajó la mirada hacia las estrellas.

—Cuando tiene miedo, se olvida de adónde va.

Robertín volvió a mirar el pequeño camino azul.

Nueve estrellas.

Nueve pequeñas certezas atravesando un lugar que, para alguien que acababa de llegar, debía de parecer enorme.

—Puedo hacerlo mejor —dijo.

El niño lo miró.

Robertín ya estaba calculando.

Podía reducir las distancias. Enderezar las estrellas. Sacarlas de las sombras. Hacer que el recorrido fuera más claro. Más seguro. Imposible de confundir.

Sus pequeños brazos comenzaron a desplegarse.

Entonces el niño colocó otra estrella debajo de un árbol.

Estaba torcida.

Mucho.

Robertín la observó.

Podía enderezarla.

No lo hizo.

El niño colocó otra demasiado cerca de la anterior.

Después una tercera, boca abajo.

Los ojos de Robertín perdieron un poco de brillo.

Algo antiguo se encendió dentro de él: la misma chispa que aparecía cuando algo no estaba exactamente donde debía.

Pero aquello era diferente.

Las estrellas no estaban allí para poner el patio en orden.

Estaban allí para hacerlo menos grande.

Menos extraño.

Menos difícil de atravesar.

El camino no necesitaba ser perfecto.

Solo necesitaba estar allí.

Unos minutos después se abrió la puerta principal de la escuela.

Una niña pequeña entró de la mano de su madre.

Se detuvo.

Miró el patio, los árboles, los niños, las caras desconocidas y todo aquel movimiento que todavía no sabía interpretar.

Entonces vio la primera estrella azul.

Dio un paso.

Después otro.

Encontró la segunda.

Robertín permaneció donde estaba.

No señaló.

No movió las estrellas.

No acortó las distancias.

Simplemente observó.

La niña encontró la tercera. Luego la cuarta. En una ocasión pasó junto a una sin verla y tuvo que volver sobre sus pasos.

Robertín no hizo nada.

La dejó encontrarla.

Cuando llegó a la última estrella, levantó la cabeza.

Al otro lado del patio estaba su hermano.

Lo vio.

Y corrió hacia él.

El niño la recibió antes de que llegara a la verja.

Durante un instante se abrazaron con esa fuerza con la que uno se agarra a algo cuando todavía no estaba completamente seguro de que seguiría allí.

La antena de Robertín vibró una vez.

El niño miró hacia él.

—¿Has ayudado?

Robertín pensó la respuesta.

—No.

La expresión del niño cambió ligeramente.

Entonces los ojos de Robertín se iluminaron.

—He visto.

El niño sonrió.

—Eso también cuenta.

Sonó el timbre.

El niño tomó a su hermana de la mano y los dos desaparecieron dentro del edificio.

Robertín permaneció un rato junto a la verja.

Tenía una estrella en la mano.

La miró.

Después miró el camino.

Luego la puerta por la que acababan de desaparecer los dos niños.

Podía guardarla en su cajón.

No lo hizo.

La colocó junto a la primera.

No porque estuviera perdida.

Sino porque ahora sabía dónde pertenecía.

De regreso al aula, Robertín se detuvo delante de su cajón.

Lo abrió.

Los botones seguían allí.

La llave.

El cordón rojo.

El caballo de madera con tres patas.

Los diecisiete calcetines.

Los contó.

Diecisiete.

Cerró el cajón.

Dio dos pasos.

Se detuvo.

Volvió.

Lo abrió otra vez.

Miró los calcetines.

Quizá alguno de ellos también estuviera esperando a alguien.

Robertín no podía saberlo.

Todavía.

Cerró el cajón.

Pero esta vez dejó la etiqueta ligeramente torcida.

Y no volvió a enderezarla.


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