
Tenemos wifi en cada rincón — y ninguna señal para el vecino de al lado. Hablamos con extraños al otro lado del océano a las tres de la madrugada, y no sabemos el nombre del que respira detrás de la pared. Corremos tanto que el reloj nos pide perdón. Consumimos el tiempo como una cerilla — toda la luz de golpe, y después, nada. Ni rescoldo. Ni ceniza que abone la tierra. Solo el hollín de haber estado en algún sitio sin haber estado. El yo se hizo grande. Cada pantalla, una frontera. Cada notificación, una guerra contra la palabra nosotros. Aprendimos a decir mi tiempo. Mi espacio. Mi paz. Se nos olvidó decir nuestro. En algún cuento que ya nadie cuenta, un hombre sigue sentado. El más feliz de esta tierra. No tenía nada que perder porque no tenía nada que mostrar. No llevaba camisa — no porque le faltase. Porque no la necesitaba para ser quien era. Nosotros tenemos armarios llenos. Y nada en el pecho.
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