El Gallo Rojo

Un gallo rojo de cresta desmedida posa ante una gallina gris que lo observa sin pestañear. Relato de Santiago Copí.

Se hacía llamar Rojo.

No porque lo fuera más que los demás —había crestas más altas, plumajes más densos y espolones con menos necesidad de anunciarse—, sino porque un día se contempló en el bebedero y decidió que aquel reflejo merecía un nombre propio.

Desde entonces confundió el bautismo con la identidad.

Tenía tres plumas.

Tres.

O eso le gustaba decir.

Las suficientes para sostener un prestigio que él, con admirable modestia, consideraba irrepetible.

Con las pollitas recién llegadas desplegaba la del centro. La arqueaba con estudiada negligencia, apenas vencida hacia la izquierda, como si incluso sus imperfecciones hubieran sido diseñadas para seducir. Después dejaba caer un cacareo bajo, íntimo, de esos que suenan a confidencia y terminan pareciendo revelación.

Las jóvenes se acercaban.

Rojo llamaba a aquello magnetismo.

Otros lo habrían llamado costumbre.

Con las gallinas veteranas usaba la pluma de la derecha. Adoptaba entonces el porte grave de quien ha sufrido mucho, aunque nunca hubiera pasado de un charco ni de un susto menor. Insinuaba una vieja herida en el ala, una cicatriz inexistente, y dejaba que la imaginación ajena terminara el trabajo.

Conocía bien ese truco.

El dolor sugerido exige menos esfuerzo que la verdad.

La tercera pluma no la mostraba nunca.

O eso también le gustaba decir.

La reservaba para sí.

Porque incluso los farsantes necesitan una última máscara para mirarse al espejo sin apartar la vista.

El verdadero peligro no era que las gallinas descubrieran el mecanismo.

El verdadero peligro era encontrarse con alguien que no se dejara hipnotizar por el movimiento de las plumas.

Alguien capaz de distinguir al gallo del disfraz.

Entonces apareció la Ceniza.

No destacaba.

No lo necesitaba.

Tenía las plumas desiguales, el paso ligeramente inclinado y esa serenidad incómoda de quien no compite por ser vista porque ya ha aprendido a ver.

Miraba como miran algunas verdades: sin prisa y sin pedir permiso.

El día en que Rojo desplegó la pluma del centro, la del susurro calculado y la ternura de alquiler, la Ceniza no parpadeó.

Esperó.

Rojo añadió el giro de cabeza.

La pausa exacta.

El silencio cuidadosamente ensayado que tantas veces había confundido con profundidad.

La Ceniza preguntó:

—¿Cuántos gallos eres?

Nada más.

Ni un reproche.

Ni una acusación.

Solo una pregunta formulada con la cortesía con que se señala una grieta en un muro que amenaza con venirse abajo.

Rojo abrió el pico.

Y por primera vez no salió de él ninguna de sus versiones.

Sintió que la cresta —esa arquitectura roja en la que había invertido tanta fe y tanto teatro— cedía unos milímetros hacia un lado.

Muy poco.

Lo suficiente.

Se alejó despacio.

Porque hasta en la retirada conviene conservar cierta compostura, sobre todo cuando uno ha vivido del espectáculo.

Aquella noche no cantó.

Y el corral amaneció con ese silencio peculiar que dejan las farsas cuando por fin se quedan sin público.

Las gallinas no hicieron preguntas.

No hacía falta.

El aire olía a pluma mojada.

A barniz disuelto.

A rojo desteñido.

Y la Ceniza, con la calma de quien no necesita levantar la voz para ser escuchada, dejó caer al viento una última advertencia:

—Ten cuidado, Rojo.

El polvo siempre termina posándose.

Y cuando aparte la ceniza de tus plumas, todos sabrán quién eres.

Y, lo que es más divertido, de qué llevas tanto tiempo alimentándote.

Desde aquel día, cada vez que Rojo desplegaba una pluma, ya no parecía un gallo.

Parecía alguien rezando para que nadie soplara.

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