
El caballo servía bien. Siempre disponible. Siempre dispuesto.
Cuando descansaba, se acercaban a recordarle la carga pendiente.
Cuando dudaba, le ponían la mano en el cuello.
Con el tiempo, el caballo dejó de esperar que le preguntaran.
Tiraba antes de que uncieran.
Sus patas siguieron moviéndose incluso cuando ya no había camino.
El carro quedó inmóvil. Nadie supo empujarlo. El caballo tampoco.
No había aprendido a empujar. Solo a tirar.
Que no es lo mismo. Que nunca lo es.
Moraleja:
Quien solo aprende a dar
no sabe recibir.
Ni pedir.
Ni parar.
