
El lobo caminaba solo desde hacía tiempo.
No porque quisiera, sino porque siempre llegaba antes su nombre que él.
Donde aparecía una huella, decían lobo. Donde faltaba una gallina, decían lobo.
El lobo aprendió a agachar la cabeza antes de que se la pidieran.
Con los años, dejó de defenderse. Luego dejó de explicar. Después dejó de acercarse.
Sus huellas, sin embargo, siguieron apareciendo.
Nadie lo miraba ya.
Una noche, el rebaño durmió tranquilo. Nadie supo por qué.
Moraleja:
Quien hereda la culpa,
aprende a desaparecer.
