
El pavo real hablaba de limpieza. De orden. De decencia.
Abría la cola al hablar y cerraba los ojos al mirar abajo.
Desde arriba, todo parecía correcto. Las plumas brillaban. El discurso también.
Bajo sus pies, la tierra que pisaba era la misma que fingía no ver.
Abajo, el olor permanecía. Nadie miraba allí.
El pavo real tampoco. Pero sus patas lo sabían.
Moraleja:
La corrupción más duradera
no mancha lo que se muestra.
Mancha lo que toca el suelo.
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