
Al perro le dieron un silbato. Para poner orden.
Un sonido corto para llamar. Uno largo para separar.
Pronto aprendió cuándo usarlo y a quién no.
Pronto aprendió también cuándo bastaba con acercarse sin soplar.
Él solo ya era suficiente.
El orden siguió funcionando. Sin manos visibles. Sin responsables claros.
Sin que nadie pudiera señalar al perro porque el perro solo obedecía.
Moraleja:
Quien delega el poder en la señal,
desaparece del daño
sin abandonar el control.
¿Qué se quedó contigo? Después de leer →