
El toro empujó durante años. La carga era pesada, pero clara.
Sabía cuándo empezar y cuándo terminar.
Cuando el campo se amplió, le pidieron empujar distinto.
Sin fuerza. Sin ruido.
El toro dudó. Miró la carga. Miró a quienes pedían. Lo intentó.
Se contuvo.
Sus músculos hicieron la forma del empuje sin empujar.
Se volvió torpe. Cada intento parecía incorrecto. Cada pausa, sospechosa.
La carga siguió allí. El toro también.
Sin saber ya qué se esperaba de él.
Moraleja:
Quien cambia las reglas sin enseñar las nuevas,
no pide adaptación.
Pide rendición.