Trémula carne

Trémula carne — ensayo de Santiago Copí
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Trémula carne — ensayo de Santiago Copí

Trémula carne

Durante mucho tiempo creí que un oficio consistía en aprender a hacer bien una cosa.

No sé cuándo empecé a sospechar que estaba equivocado.

Quizá fue demasiado tarde.

O quizá los descubrimientos importantes siempre llegan cuando ya no pueden deshacerse.

Hoy pienso que un oficio nunca empieza en una herramienta.

Empieza mucho antes.

Empieza el día en que alguien deja algo entre nuestras manos y, sin pronunciar una sola palabra, nos hace una pregunta.

No una pregunta sobre nuestra habilidad.

Sobre nuestra fidelidad.

•

Un muchacho entra por primera vez en una carnicería creyendo que aprenderá a cortar.

Con los años he empezado a pensar que el maestro nunca estaba enseñando a cortar.

Estaba enseñando a detenerse.

Porque cualquiera puede atravesar la carne.

Lo difícil es saber dónde termina el derecho a hacerlo.

Tal vez todo oficio empiece exactamente ahí.

En el descubrimiento de un límite.

•

Siempre admiramos la destreza.

La mano firme.

El gesto limpio.

La precisión.

Confundimos la excelencia con la ausencia de error.

Sin embargo, cuanto más observo a quienes dominan un oficio, más sospecho que la verdadera diferencia nunca estuvo en lo que eran capaces de hacer.

Estuvo en aquello que decidían no hacer.

Hay una forma de sabiduría que no añade.

Contiene.

No demuestra poder.

Lo gobierna.

Quizá por eso los grandes maestros parecen moverse menos.

No porque sepan menos.

Porque necesitan menos para alcanzar lo esencial.

•

Con el tiempo ocurre algo extraño.

La mano deja de pensar.

El cuerpo recuerda solo.

Eso llamamos experiencia.

Y toda bendición lleva escondido un riesgo.

Cuando el gesto deja de necesitar conciencia, la conciencia empieza a creer que ya no la necesitan.

Ahí comienza un olvido que casi nunca hace ruido.

Seguimos haciendo bien las cosas.

Incluso mejor que antes.

Solo dejamos de preguntarnos por qué las hacemos.

•

Durante años pensé que la corrupción empezaba cuando un hombre elegía el mal.

Hoy ya no estoy seguro.

Empiezo a sospechar que llega mucho antes.

Llega el día en que dejamos de recordar qué nos fue confiado.

Después vienen las decisiones.

Pero todo eso ya pertenece a la superficie.

El verdadero acontecimiento ocurrió antes.

Ocurrió cuando el propósito dejó de vigilar al gesto.

•

Hay una diferencia que nunca aprendimos a nombrar.

Administrar no es custodiar.

Administrar busca eficacia.

Custodiar exige presencia.

Administrar pregunta cómo.

Custodiar pregunta para quién.

Administrar puede funcionar sin amor.

Custodiar, no.

Y quizá muchas de las cosas que llamamos corrupción no sean otra cosa que custodias convertidas en administraciones.

No porque la técnica haya desaparecido.

Porque la memoria dejó de acompañarla.

•

Quizá por eso me incomodan tanto las personas que hablan de poder.

Nunca he visto un oficio nacer del poder.

Los he visto nacer de la confianza.

Un médico recibe algo más que un cuerpo.

Un padre, algo más que un hijo.

Un amigo, algo más que una confidencia.

Un escritor, algo más que palabras.

Todos reciben algo que no les pertenece.

Y, sin embargo, durante un tiempo responderán por ello.

Tal vez ésa sea la definición más sencilla de un oficio.

Responder por aquello que seguirá perteneciendo a otro incluso mientras descansa entre nuestras manos.

•

Entonces comprendí algo que nunca había visto.

La carne no era la carne.

Nunca lo fue.

La carne era todo aquello incapaz de defenderse por sí mismo.

Una promesa.

Una verdad.

Una confianza.

Una infancia.

Una esperanza.

Todos hemos sido alguna vez esa carne.

Todos hemos confiado en que alguien recordara el límite mientras nosotros no podíamos hacerlo.

•

Al final, la vida no preguntará cuántas veces acertamos.

Preguntará por aquello que atravesó nuestras manos.

No cuánto supimos.

No cuánto conseguimos.

Sino si aquello que pasó por nuestras manos pudo regresar al mundo con menos miedo del que traía cuando llegó a nosotros.


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