CUANDO DEJÓ DE CORRER

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Cuando dejó de correr — relato breve de Santiago Copí

I. PRIMAVERA

La luz ya estaba allí.
Pálida sobre la pared.

Una mujer lloraba y alguien dijo que era un niño. Él no sabría nada de aquello. Mucho después vendrían las historias: su madre recordaría lluvia, su padre sol, y con los años aquella primera mañana cambiaría cada vez que la contaran. Algunas cosas se harían más precisas y otras desaparecerían sin que nadie pudiera decir cuándo. Primero desaparecería el cielo.

La luz se quedaría.

Leche. Sueño. El olor tibio de la piel de su madre. Una mano acercándose, un dedo cerrándose alrededor del suyo, los barrotes fríos de la cuna, agua sobre la cabeza y una voz al otro lado de la habitación.

El mundo fue entrando poco a poco.

Cuando aprendió a gatear había un suelo bajo sus manos y un pasillo al otro lado de la puerta. El pasillo era largo, y desde allí podía oír la casa antes de verla: el agua corriendo por las tuberías, un armario que se cerraba, la voz de su madre en la cocina. Por las tardes, el sol cruzaba las baldosas y subía lentamente por la pared, y a veces él se quedaba mirándolo hasta que desaparecía.

Fuera había hierba, un árbol y una valla.

Bastaba.

La primera vez que se puso de pie se agarró al borde de una silla y empujó con las piernas. Todo su cuerpo tembló y, durante un instante, la habitación quedó debajo de él. Su madre dejó de moverse y él la miró. Ella lo miró a él.

Ninguno sabía todavía qué hacer con aquel momento.

Entonces cayó.

Su madre llegó antes que el llanto y lo levantó contra su pecho. Él escondió la cara en su cuello. Olía a jabón y a algo que siempre había estado allí, algo que todavía no sabía nombrar. Cuando dejó de llorar volvió a mirar la habitación desde sus brazos y comprobó que seguía siendo la misma.

Unos días después volvió a ponerse de pie.

Después lo hizo otra vez.

Y otra.

A partir de entonces, la casa empezó a cambiar, no porque hubiera cambiado nada en ella, sino porque ahora él podía llegar a las cosas. Abrió armarios, empujó puertas que le habían dicho que dejara cerradas, se metió debajo de la cama y salió con polvo en las manos. Encontró insectos muertos en el alféizar, monedas detrás de los muebles y una cuchara que alguien había perdido.

Siempre había algo.

Aprendió a correr sin saber que estaba aprendiendo. Primero unos pasos, luego hasta la puerta y después hasta el jardín. Una tarde corrió desde la cocina hasta el árbol y se quedó allí, sorprendido de haber llegado tan lejos. El viento movía las hojas sobre su cabeza y, desde la casa, su madre lo llamaba.

Él se volvió.

Sonrió.

Y echó a correr otra vez.

A veces caía con tanta fuerza que se hacía sangre. Entonces llegaban las manos de alguien, el agua fría sobre la rodilla, el líquido amarillo que escocía y la tirita. Después volvía a salir, porque la puerta seguía abierta y el jardín seguía allí.

Nada parecía irse.

Así pasó la infancia. No porque todo permaneciera, sino porque todavía no había aprendido a mirar lo que faltaba.

El árbol echaba hojas y después las perdía. La lluvia llenaba el canalón bajo su ventana. Sus zapatos dejaban de servirle antes de que él entendiera por qué. En la pared de la cocina, las marcas de lápiz subían poco a poco mientras la mano de su madre aparecía detrás, sosteniendo la regla.

Llegaban los cumpleaños con sus velas y sus números. Él cerraba los ojos, soplaba y durante un instante todas las llamas se inclinaban hacia el mismo lado. El humo quedaba suspendido sobre la tarta antes de que alguien abriera una ventana.

Después volvía la mañana.

Un verano, su padre lo llevó al mar.

El viaje fue largo. Él miró por la ventanilla, preguntó cuánto faltaba y recibió varias veces la misma respuesta.

Poco.

Cuando llegaron, el aire era diferente. Olía a sal y había arena en los bordes de la carretera. Las gaviotas caminaban entre las personas como si también les perteneciera aquel lugar.

Y luego lo vio.

El agua.

Hasta entonces, el agua siempre había pertenecido a alguna cosa: una bañera, un vaso, el fregadero oscuro de la cocina. Aquello era distinto. El mar no parecía caber en ninguna parte.

Se acercó con su padre.

La arena estaba caliente en la superficie y fría cuando hundía los pies. Esperaron juntos mientras una ola llegaba desde lejos y se deshacía delante de ellos. La espuma avanzó sobre la arena, le cubrió los zapatos y retrocedió.

Él miró hacia abajo.

Otra ola le tocó los tobillos y corrió hacia atrás.

Su padre se rio.

Él también.

Esperaron la siguiente.

Llegó más alta y el agua le cubrió las piernas. Esta vez no corrió. Cuando la ola se retiró, la arena cedió bajo sus pies y los dedos se hundieron un poco.

Miró a su padre.

—Se mueve.

Su padre bajó la vista.

—Es la arena.

Pero él siguió mirando. Durante un instante tuvo la sensación de que la tierra entera se movía.

Años después no recordaría las palabras. Recordaría aquella sensación.

Y la risa de su padre.

La cara se le borraría antes que la risa.

El perro todavía era joven. Dormía bajo el árbol durante las horas más calientes de la tarde y, cuando él se sentaba a su lado, abría un ojo antes de volver a cerrarlo. Al levantarse, lo seguía.

Corrían por el jardín, atravesaban los campos y bajaban por el camino hasta que alguien los llamaba. El perro siempre volvía primero. Él se quedaba un poco más.

Una vez llegaron hasta el final del camino. El perro se detuvo, se volvió y esperó. Él quiso seguir, pero al final regresó con él.

El perro sabía cuándo parar.

Él no.

Pasaron los años y el hocico empezó a llenarse de gris. Al principio él lo veía, incluso una vez le levantó la cabeza con las dos manos para mirar los pelos nuevos. Después dejó de fijarse. El perro seguía allí.

Hasta que una mañana no pudo levantarse.

Él lo encontró bajo el árbol y lo llamó. El perro movió una oreja. Volvió a llamarlo, pero no respondió.

Su padre salió de la casa y se agachó junto a él.

—¿Qué le pasa?

Su padre tardó en responder.

—Está muy viejo.

Él se arrodilló y le acarició la cabeza. El perro abrió los ojos. Él quiso decir algo, pero no encontró qué.

Su padre lo cogió en brazos.

El perro no protestó.

Los siguió hasta el coche. Su padre abrió la puerta trasera y acomodó al animal. Antes de cerrarla, el perro levantó la cabeza.

Él levantó la mano.

La puerta se cerró.

El coche salió por el camino y la cancela volvió a cerrarse.

Él se quedó allí.

Esperó.

Cuando empezó a oscurecer seguía mirando hacia la carretera.

Su padre regresó solo.

No dijo nada.

Al día siguiente cavó bajo el árbol. Le dijeron que se quedara dentro, pero él se puso junto a la ventana y observó cómo la pala entraba en la tierra húmeda una y otra vez. Su padre trabajaba despacio y, de vez en cuando, se detenía para respirar antes de continuar.

Él no sabía cuánto tiempo llevaba mirando cuando su padre se arrodilló junto al agujero. Hizo algo que no alcanzó a ver y después empezó a cubrirlo.

La tierra cayó en pequeños montones hasta que el agujero desapareció.

Su padre pasó la pala por encima.

Se quedó quieto.

Luego entró en casa.

Él siguió junto a la ventana.

El jardín estaba vacío.

Años después olvidaría casi todo de aquel día.

No el sonido de la tierra.

Durante un tiempo evitó aquel lugar. Después volvió la primavera y una tarde salió corriendo sin pensar en el árbol ni en el perro. Atravesó el jardín y, a mitad de camino, se detuvo.

Miró el suelo.

La hierba había vuelto a crecer.

El árbol era más alto.

No quedaba ninguna señal.

Se quedó allí un momento y después siguió corriendo.

Su cuerpo empezó a cambiar antes de que entendiera que también eso podía suceder. Las piernas se le alargaron, la ropa empezó a quedarle pequeña y una tarde la voz se le quebró en mitad de una frase. Los demás se rieron y él también, aunque después se quedó solo y repitió la palabra en voz baja para escuchar cómo sonaba.

El pasillo dejó de parecer largo.

El jardín empezó a quedarse pequeño.

Entonces comenzó a trepar por la valla.

La primera vez sólo llegó hasta la mitad. La segunda alcanzó el travesaño. Desde allí podía ver el camino que corría detrás de las casas: los coches que pasaban levantando polvo, una mujer que caminaba con una bolsa apoyada contra la cadera y dos chicos que aparecían en la curva antes de desaparecer detrás de las casas.

Él siguió mirando hasta que el camino volvió a quedarse vacío.

Una tarde subió más de lo habitual y se sentó en el travesaño de arriba. El sol ya se había ido, pero el asfalto todavía conservaba el calor del día. Los campos se oscurecían poco a poco y una ventana se encendió en una de las casas. Después otra. Más lejos, un perro ladró una vez.

Él apoyó las manos sobre la madera.

Detrás de los campos estaba el mar.

No podía verlo, pero sabía que estaba allí.

Permaneció sentado hasta que el frío le hizo bajar.

A la mañana siguiente despertó antes que la casa. Se vistió a oscuras, bajó las escaleras y se quedó un momento en la cocina escuchando el silencio. Después abrió la puerta.

En la cancela se volvió.

El árbol seguía allí.

La casa también.

El camino esperaba.

Salió.

Durante un rato caminó y, al cabo de un tiempo, empezó a correr.


II. VERANO

Siguió corriendo.

Al principio, el camino no llevaba a ninguna parte. Después cruzó los campos y continuó más allá. Las casas fueron espaciándose hasta desaparecer y el suelo cambió bajo sus zapatos. Aparecieron carreteras que no conocía, calles con nombres que nunca había oído y ventanas iluminadas cuando en su propia casa ya estaban apagadas las luces.

Cada vez llegaba un poco más lejos.

A veces volvía cuando todos dormían. Dejaba las llaves sobre la mesa y subía las escaleras sin encender la luz.

Nadie preguntaba dónde había estado.

No habría sabido responder.

No había un lugar concreto.

Eso era precisamente lo que buscaba.

Su cuerpo todavía respondía. Una herida cerraba en pocos días, los moratones cambiaban de color y desaparecían, y él dormía poco sin sentir que aquello tuviera consecuencias. El verano estaba en todas partes: en el asfalto caliente bajo las suelas, en la sal seca sobre los brazos después del mar, en la camisa pegada a la espalda antes del mediodía y en el sudor que le bajaba por la nuca.

Todo parecía estar cerca de la piel.

También el deseo.

Empezó a fijarse en las chicas, primero en las manos, después en la nuca, en el pelo moviéndose con el viento y en la manera en que una habitación podía parecer distinta cuando entraba alguien.

Una tarde, una chica se rio de algo que él había dicho.

No recordó el chiste.

Durante días recordó la risa.

Volvió a verla cerca del mar. Caminaron sin decidir hacia dónde, dejando huellas que el agua borraba unos segundos después. Las sombras se alargaban delante de ellos y, cuando sus pasos coincidían, parecían tocarse.

Ella se quitó los zapatos.

Él los recogió.

La arena todavía conservaba el calor de la tarde.

Cuando llegaron al agua, ella entró primero. El agua le cubrió los tobillos y ella se volvió.

—¿Vienes?

Él la miró un instante.

Después corrió hacia ella.

Aquella vez correr no significaba irse.

Después volvió a correr.

Siempre parecía haber algo delante: otro camino, otra noche, otro cuerpo, un tren a punto de salir o una puerta abierta antes de que pudiera decidir si quería cruzarla.

Atravesó ciudades sin aprenderse sus calles. Una habitación se convirtió en un piso y el piso en otro. Los trabajos aparecían y desaparecían; algunos los dejaba él y otros terminaban sin preguntarle.

Aprendió el peso de las llaves en el bolsillo, el ruido que hacían al caminar y la rapidez con que desaparecía el dinero cuando tenía que pagar una habitación, una comida o el alquiler. Aprendió también cuánto podía durar el silencio de un teléfono antes de que uno dejara de esperar que sonara.

Dormía menos y llamaba libertad a aquellas noches que terminaban cuando otros ya se levantaban. Las mañanas se le fueron quedando atrás hasta que dejó de distinguir si había perdido el sueño o el día.

Mientras él avanzaba, su padre envejecía.

Su madre seguía contando historias y, a veces, por teléfono, empezaba una que él ya había oído. Cambiaba algún detalle sin darse cuenta y pronunciaba nombres que él había olvidado.

Él la dejaba hablar.

Había algo en su voz que no quería interrumpir.

Pero siempre encontraba una razón para seguir.

Los años fueron pasando sin que él los viera. Una calle cambiaba, una habitación desaparecía, alguien dejaba de contestar y, cuando volvió a encontrarse con el mar, la playa tampoco era la que recordaba.

Entró en el agua hasta dejar de tocar el fondo. Siguió nadando hasta que la orilla se hizo pequeña y las voces desaparecieron.

Cuando se detuvo, el agua lo sostuvo.

Se quedó boca arriba.

El cielo ocupaba todo.

Por un momento no hubo ciudad, ni trabajo, ni habitación, ni nadie esperándolo. Sólo el movimiento lento del agua debajo de su espalda.

Cerró los ojos.

Entonces llegó el viento.

Primero lo oyó.

Después lo sintió en la piel.

La superficie del agua cambió y, cuando abrió los ojos, el cielo se había oscurecido.

Nadó hacia la orilla.

La lluvia avanzaba sobre las dunas.

Corrió.

El viento le pegaba la camisa al pecho, la arena le golpeaba las piernas y la lluvia le entraba en los ojos y en la boca. Detrás, el mar seguía rompiendo con un ruido profundo.

Resbaló.

El mundo dio una vuelta.

Cuando abrió los ojos estaba tumbado sobre la arena y la lluvia le caía directamente en la cara.

No se movió.

Durante unos segundos sólo escuchó el agua, el viento y su propia respiración.

Después se levantó.

La pierna le dolía.

Corrió.

Cuando llegó a casa, la tormenta había pasado.

El mensaje estaba sobre la mesa.

Su padre estaba enfermo.

Lo leyó.

Volvió a leerlo.

Se sentó.

Fuera, el agua seguía cayendo del tejado.

Por primera vez en mucho tiempo no supo qué hacer.

No había nada que pudiera resolver aquella noche.

Al amanecer salió hacia la estación.

El vestíbulo estaba lleno de gente que se marchaba. Maletas rodando sobre el suelo, puertas que se abrían y cerraban, voces que se perdían bajo el ruido de los trenes y las letras cambiando sobre los andenes.

Durante años había elegido destinos porque estaban lejos.

Esta vez eligió volver.

El tren salió.

La ciudad quedó atrás, después las casas y los polígonos. Más tarde aparecieron los campos.

Los reconoció.

Los había cruzado años antes con sus propios pies.

Su padre dormía cuando llegó.

La habitación olía a medicina y a ventanas cerradas.

Se quedó en la puerta un momento antes de acercarse.

La mano de su padre descansaba sobre la manta.

La miró.

Era pequeña.

Recordó aquella mano de otra manera: más grande, más firme, la que lo había llevado por el camino y había cavado bajo el árbol.

La misma mano.

Sólo que ahora descansaba inmóvil sobre una manta.

Se sentó.

Su padre abrió los ojos.

Durante un instante pareció no reconocerlo.

Él esperó.

El reloj de la pared marcaba los segundos.

Su padre dijo su nombre.

Él reconoció la voz antes que la cara y, durante un instante, el cuarto desapareció.

Volvió al jardín.

La voz llamándolo desde la casa.

El perro corriendo delante de él.

El árbol.

El camino.

Su padre levantó la mano.

Él la tomó.

Los dedos de su padre se cerraron alrededor de los suyos.

Por un momento volvió a sentir aquella otra mano, la que lo había sujetado de niño para cruzar una calle, la que había tirado de él cuando corría demasiado lejos.

Ahora era él quien la sostenía.

No dijo nada.

Su padre tampoco.

Fuera, el viento movió las primeras hojas y una cayó contra el cristal.

Ninguno miró.

Cuando empezó a amanecer, su padre dormía.

Él seguía sosteniéndole la mano.

No sabía cuánto tiempo había pasado.

No quería saberlo.

Cuando salió de la habitación caminó despacio por el pasillo. Al final estaba la puerta.

La abrió.

El jardín estaba vacío.

El árbol seguía allí.

Se quedó mirándolo.

Durante años había encontrado siempre un motivo para seguir: un lugar, una persona, un trabajo, cualquier cosa que estuviera un poco más lejos.

Ahora no había nada que lo llamara.

Permaneció allí hasta que cambió la luz.


III. OTOÑO

Durante un tiempo no pasó nada.

Eso fue lo inesperado.

Había pasado tantos años esperando lo siguiente que un día sin acontecimientos le parecía incompleto. Una mañana salió a correr por costumbre, pero al pie de la cuesta tuvo que detenerse.

El camino seguía allí.

Su cuerpo no.

Se inclinó con las manos sobre las rodillas y esperó a que el aire volviera a entrarle. Un coche pasó y el conductor levantó una mano. Él respondió aunque no lo conocía.

Cuando el coche desapareció, siguió mirando la curva, la valla y los árboles del fondo.

Esperó un poco.

Luego volvió andando.

Al día siguiente hizo café y se quedó junto a la ventana mientras bebía. Había llovido durante la noche y las gotas seguían prendidas de las hojas. Una cayó y la hoja volvió lentamente a su posición; otra permaneció en el extremo de una rama, temblando con el viento.

Él siguió mirándolas.

Nunca había reparado en aquello.

Ni en los verdes del jardín, ni en la manera en que la luz cambiaba cuando una nube pasaba por encima.

No había nada extraordinario.

Quizá por eso podía verlo ahora.

Había pasado la vida mirando a través de las cosas.

Ahora, cuando se detenía, las cosas permanecían.

Su padre seguía enfermo. Algunos días hablaba y otros apenas tenía fuerzas, así que él empezó a visitarlo con frecuencia. El viaje terminó por hacerse familiar: la estación, el andén, el banco donde esperaba y, después de la ciudad, los campos que pasaban junto a la ventanilla.

Al principio trabajaba durante el trayecto. Después dejó de hacerlo y guardaba los papeles en el maletín mientras miraba por la ventana.

Una vez, el tren redujo la velocidad junto a un campo donde un hombre quemaba ramas. El humo se extendía bajo, casi pegado a la tierra, y él pudo ver una rama romperse dentro del fuego. Durante unos segundos, tren y campo parecieron avanzar a la misma velocidad.

Después el tren aceleró.

El humo quedó atrás.

Su padre se quejaba de la comida, del tiempo y del precio de las cosas. Una tarde habló durante diez minutos de una factura que alguien había cobrado mal. Cuando terminó, se quedó mirando por la ventana.

Él no dijo nada.

Su padre tampoco.

El silencio se quedó entre los dos.

Ya no necesitaba ser llenado.

Otra tarde, su padre preguntó por el mar.

Él levantó la vista.

—Sigue ahí.

Su padre sonrió apenas.

—Ya lo sé.

Fuera, una hoja se desprendió del árbol. Los dos la siguieron con los ojos hasta que cayó.

Ninguno dijo nada.

Aquella noche durmió en su antigua habitación. Las paredes habían cambiado de color y los muebles también, pero el pasillo seguía allí. Salió y se quedó en la puerta.

Recordó haberlo recorrido corriendo.

Ahora podía cruzarlo con tres pasos.

Antes había necesitado muchos más.

Abrió la ventana.

Entró el olor húmedo del jardín.

En algún lugar de la oscuridad, un perro ladró una vez.

Esperó.

No volvió a oírlo.

A la mañana siguiente encontró a su padre sentado bajo el árbol, con una manta sobre las piernas.

Se sentó a su lado.

Durante un rato no hablaron. El viento movía las ramas y algunas hojas caían sobre la hierba. Una quedó sobre la manta y su padre la apartó. Otra cayó cerca del zapato de él.

Después cayó una bellota.

La recogió.

Estaba húmeda y fría.

La hizo girar entre los dedos.

Su padre la miró.

—¿Qué vas a hacer con eso?

Él se encogió de hombros.

No lo sabía.

Se la guardó en el bolsillo.

Aquella noche volvió a tocarla antes de dormir.

Seguía allí.

Semanas después la encontró en el bolsillo de un abrigo. La había olvidado. La sostuvo sobre el cubo de la basura y durante un instante pensó en tirarla, pero terminó guardándola otra vez.

Desde entonces pasó de un abrigo a otro.

Sin que se diera cuenta, el otoño fue entrando en la casa. Las mañanas amanecían más tarde y las tardes terminaban antes. En el tren, las ventanillas empezaron a devolverle su propio rostro antes de que pudiera ver el paisaje.

Una tarde levantó la vista.

Durante un instante vio la cara de su padre sobre la suya.

No estaba realmente allí.

Pero se parecía.

Se quedó mirándolo hasta que el tren salió de la sombra y el reflejo desapareció.

Una mañana de invierno, su padre no contestó al teléfono.

Llamó.

Esperó.

Volvió a llamar.

Después salió.

El viaje duró lo mismo que todos los anteriores, pero aquella mañana notó cada parada, el edificio de la estación, el sonido de las puertas, el tren arrancando y los campos que aparecían antes de la curva de la casa.

Cuando llegó, la puerta estaba abierta.

Las cortinas se movían.

Había flores en el recibidor.

Se quitó el abrigo.

Alguien le tocó el brazo.

Siguió andando.

La habitación de su padre estaba vacía. La cama había sido deshecha y sobre la silla estaba su camisa.

Se acercó.

Tocó una manga.

La tela cedió bajo sus dedos.

Retiró la mano.

Se quedó allí.

Después salió al jardín.

El árbol había perdido casi todas las hojas. Una permanecía arriba y el viento la movía sin conseguir arrancarla.

Él esperó.

Finalmente cayó.

Le tocó el hombro.

No la retiró.

Después del entierro, la gente siguió entrando en la casa durante unos días. Traían comida, hablaban en voz baja y preguntaban si necesitaba algo. Después fueron menos, hasta que dejaron de venir.

La casa recuperó sus sonidos: la tetera, las tuberías, un coche en la calle, la lluvia en el canalón.

Por la noche, la llave seguía encontrando la cerradura.

La silla de su padre permanecía vacía.

La taza seguía junto al fregadero.

Una tarde la cogió y la sostuvo entre las dos manos. Todavía podía imaginar a su padre bebiendo de ella, el borde de la taza contra los labios, la mano alrededor del asa.

La dejó.

No la lavó.

Una vez, entre una multitud, alguien dijo su nombre.

Se volvió.

Un desconocido miraba por encima de su hombro.

Siguió andando.

Aquel año el invierno llegó pronto.

Una tarde volvió al jardín.

El árbol estaba desnudo.

Metió la mano en el bolsillo y encontró la bellota.

Había olvidado que seguía llevándola.

Caminó hasta el lugar donde estaba enterrado el perro.

La tierra estaba dura.

Se arrodilló y hundió el pulgar.

No entró.

Lo intentó otra vez.

Después buscó una piedra y empezó a cavar. La tierra se desprendía en pequeños terrones y se quedaba bajo sus uñas.

No tenía prisa.

Cuando el agujero fue suficientemente profundo, dejó la bellota dentro.

La miró unos segundos.

No sabía por qué la había llevado hasta allí.

La cubrió.

La tierra volvió a quedar lisa.

Permaneció arrodillado.

Tenía frío.

No ocurrió nada.

Esperó.

Después se levantó.

Tenía barro en las rodillas y no se molestó en limpiarlo.

Caminó hasta el camino y, antes de seguir, miró atrás.

El árbol se recortaba contra el cielo oscuro.

El jardín parecía más pequeño.

Metió las manos en los bolsillos y siguió andando.


IV. INVIERNO

El invierno llegó sin llegar.

Una mañana los árboles estaban desnudos y a la siguiente la escarcha había cubierto la hierba.

Él permanecía junto a la ventana de la cocina con las dos manos alrededor de la taza. Su aliento empañaba el cristal y desaparecía poco después.

Ya no corría.

A veces las piernas recordaban por su cuenta: la pendiente de un camino, el golpe del pie contra la tierra, el cuerpo inclinándose hacia delante, la respiración entrando demasiado deprisa.

Después el recuerdo se iba.

Había otras cosas ahora. El calor de la taza entre las manos, la madera de la silla bajo los dedos, el ruido de las tuberías y esa lluvia que a veces empezaba antes de que pudiera verla.

Había aprendido a quedarse.

Los años empezaron a mezclarse. Algunas personas dejaron de llamar y algunos números permanecieron en el teléfono aunque ya nadie respondiera. Los nombres se quedaron.

La casa se hizo más silenciosa.

O quizá era él quien escuchaba más.

Por las tardes dejaba las luces apagadas hasta que la habitación empezaba a perder sus formas. Desde la ventana veía pasar los coches y sus luces cruzaban el cristal durante un segundo antes de desaparecer.

En algún lugar ladraba un perro.

Esperaba hasta que el sonido se alejaba.

Una mañana se quedó frente al espejo.

Había ido allí para buscar algo, pero no recordaba qué.

La cara que tenía delante era vieja.

Se acercó y miró los ojos, la piel alrededor, la línea de la boca. No había visto suceder nada de aquello. Había ocurrido mientras estaba ocupado en otra parte.

Levantó una mano.

La cara hizo lo mismo.

Sonrió.

Aquella primavera volvió al mar.

El viaje lo cansó. Durmió casi todo el trayecto y despertó cuando el tren ya estaba cerca de la costa.

La playa estaba casi vacía.

Bajó hasta la arena y caminó despacio.

El mar avanzaba y se retiraba.

Una ola llegó hasta sus zapatos.

Esperó.

Otra llegó un poco más lejos.

Se quedó donde el agua le rodeaba los tobillos.

Estaba fría.

Durante un instante volvió a ser aquel niño. Vio la espuma, recordó la risa de su padre y sintió de nuevo cómo la arena cedía bajo sus pies.

Miró hacia abajo.

El agua se retiró.

La arena volvió a moverse.

Esperó.

Esta vez no corrió.

Dejó que el agua volviera a tocarlo y después se retirara.

La tierra aguantó.

Más lejos, la luz descansaba sobre el agua.

Se sentó.

El viento movió su chaqueta y una gaviota pasó detrás de él. No había nadie cerca.

Permaneció allí hasta que el sol empezó a bajar y el agua se volvió más oscura.

Cuando volvió a casa, la bellota seguía en el cajón, junto a un recibo antiguo y una llave que ya no abría nada.

La sacó.

La sostuvo entre los dedos.

Pensó en llevarla al jardín.

No lo hizo.

La volvió a guardar.

El invierno regresó.

Sus manos tardaban más en calentarse y empezó a despertarse antes del amanecer. Permanecía inmóvil en la cama escuchando la casa: las tuberías, la madera, el viento contra el cristal.

Una noche despertó creyendo haber oído a su padre llamarlo.

Abrió los ojos.

La habitación estaba completamente oscura.

Esperó.

Nada.

Pero durante unos segundos siguió escuchando.

No la voz.

Algo de ella.

Sonrió.

Con la primavera salió menos.

El verano llegó y pasó.

Una tarde volvió al jardín.

El camino le pareció más largo y tuvo que detenerse una vez antes de llegar al árbol. Se sentó debajo.

El viento le tocó la cara.

Arriba, algo se movió entre las ramas y un pájaro salió volando.

Volvió el silencio.

Cerró los ojos.

Durante un momento no pensó en nada. Sólo escuchó el viento y su propia respiración.

Abrió los ojos.

El jardín estaba vacío.

Se quedó un rato más.

Después volvió a casa.

Los días fueron haciéndose más pequeños. La luz entraba por la mañana y avanzaba lentamente por la pared hasta llegar al suelo; por la tarde desaparecía.

La lluvia llegaba, golpeaba el cristal y se iba.

Una tarde se sentó en la silla junto a la ventana.

No encendió la lámpara.

La habitación fue perdiendo sus contornos poco a poco. La mesa quedó en sombra, después la puerta y, finalmente, el árbol al otro lado del cristal.

La ventana se convirtió en un espejo.

Durante un instante vio su propia cara.

No parecía triste.

Sólo estaba allí.

Después la cara desapareció y quedó la habitación.

Cerró los ojos.

En algún lugar, un niño corría.

Primero oyó los pasos. Después la respiración y, por último, la risa.

Él escuchó.

No intentó alcanzarlo.

No se levantó.

Se quedó.

Cuando volvió la luz,
él ya estaba allí.

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