
El grupo seguía activo.
No había pasado nada.
Eso era lo extraño.
El nombre arriba del todo no cambiaba desde hacía años:
Familia.
La foto tampoco.
Una comida de verano.
Demasiada luz.
Nadie miraba a la cámara al mismo tiempo.
Ella sí.
Escribía cada día.
No mucho.
Lo justo.
“Buenos días.”
“Hace frío hoy.”
“¿Habéis comido?”
Nada que exigiera respuesta.
Nada que molestara.
A veces mandaba una foto.
Un plato.
Una planta.
La ventana abierta.
Siempre había dos marcas debajo.
Dos.
El grupo no estaba muerto.
Solo estaba… en pausa.
Todos lo veían.
A distintas horas.
Uno en el trabajo.
Otro en el coche, esperando.
Alguien en la cama, antes de dormir.
Nadie contestaba en ese momento.
Luego tampoco.
No era decisión.
Era otra cosa.
Como cuando oyes una notificación y piensas: luego.
El luego no llegaba.
Un martes no escribió.
Nadie lo notó.
El miércoles tampoco.
El viernes, uno de los hijos escribió.
“¿Todo bien?”
Una sola marca.
Luego dos.
No hubo respuesta.
Entonces llegaron más.
“¿Estás en casa?”
“Llámame cuando puedas.”
“¿Alguien ha hablado con ella?”
Las notificaciones empezaron a superponerse.
El grupo volvió a tener movimiento.
El sábado por la mañana, alguien fue a su casa.
La puerta estaba cerrada por dentro.
La televisión encendida.
El volumen bajo.
El teléfono sobre la mesa.
La pantalla iluminada.
El grupo abierto.
No había respuesta.
Pero no era el último mensaje.
“He hecho croquetas.
Si venís mañana, os las dejo preparadas.”
Todo llegó.
Todo tarde.
La misma mesa.
El mismo verano.
Pero recortada.
Y debajo, alguien escribió:
“Las croquetas estaban buenas.”
Dos marcas.
Y, por primera vez,
una respuesta.
“Sí.”
– S. C. –