Un relato del universo de Las Aventuras de Martín el Mago. Primer avance de Orígenes, la saga que desvela las heridas que fundaron la magia.
La noche en que la tienda respiró por primera vez, Martín todavía no sabía que algunas puertas no se abren hacia delante, sino hacia antes.
Había estado fregando el suelo. El cubo aún estaba en la esquina. El agua, tibia. Una camiseta vieja colgada de una silla. El olor a jabón barato mezclado con madera y polvo. Todo era normal. Y, sin embargo, no lo era.
Estaba sentado en el suelo, con las piernas cruzadas, la Bitácora sobre las rodillas y el reloj antiguo apoyado junto a una vela que no quemaba. La llama era azul. No iluminaba las paredes: las recordaba.
—Eso no es normal —dijo Carlota desde la entrada.
Martín levantó la vista.
—En esta tienda casi nada lo es.
—Ya. Pero unas cosas son raras y otras están vivas.
La tienda crujió. No fue un ruido de madera vieja. Fue más bien el sonido de alguien que intenta no llorar.
Claudia apareció detrás de Carlota. Cayetana se coló entre las dos, descalza.
—La casa tiene pena —dijo.
Nadie se rió.
Martín miró la brújula. La aguja no señalaba el norte. Señalaba hacia abajo.
—Eso es imposible —susurró.
—La palabra favorita de los adultos antes de equivocarse —dijo Cayetana.
La aguja tembló. Luego empezó a girar despacio, no como una brújula rota, sino como un animal olfateando un rastro. La Bitácora se abrió sola y escribió una sola palabra: «Correcto.»
Las páginas pasaron sin viento. Aparecieron dibujos que ninguno había hecho: una escalera, una puerta sin pomo, una estrella pequeña, una perrita mirando a través de un cristal, y debajo una frase escrita con tinta gris.
Alguien apagó el origen. Mucho antes.
Martín sintió que se le cerraba algo en el pecho. Laika.
No estaba dibujada del todo. Solo la curva de sus orejas, el hocico apoyado contra una ventana y esos ojos que parecían preguntar por qué el mundo podía ser tan grande y tan solo al mismo tiempo.
—Creía que ya la habíamos salvado —dijo Claudia.
—A ella sí —respondió Carlota—. Pero quizá no a lo que empezó con ella.
Cayetana apoyó una mano en el suelo.
—Hay algo debajo.
—¿Debajo de la tienda?
—No. Debajo de la historia.
La vela azul se apagó. Y entonces todos oyeron el latido. Uno solo. Profundo. Antiguo. Como si el mundo tuviera un corazón escondido bajo las baldosas.
Martín no dudó. Se levantó, apartó el cubo con el pie y avanzó hacia el sonido. La trampilla apareció donde no había nada. Se abrió con un suspiro. Abajo no había oscuridad. Había cielo. Un cielo enterrado.
Al final de la escalera encontraron una sala redonda. En el centro había una mesa de piedra. Sobre ella, un mapa extendido. Pero no era un mapa de países. Era un mapa de primeras veces.
La primera risa de un niño.
La primera mentira dicha por miedo.
El primer animal que confió en una mano humana.
La primera puerta que una madre dejó entreabierta.
La primera estrella a la que alguien pidió volver.
Y en medio del mapa había un hueco. Un hueco exacto, recortado, con forma de lágrima. La brújula de Martín saltó de su mano y cayó dentro. Encajó. El mapa despertó. No se encendió: respiró.
El camino terminaba en un lugar sin nombre, marcado solo por una palabra: ORÍGENES.
—Eso no es un sitio —dijo Claudia.
—No —dijo Martín—. Es antes de todos los sitios.
Una voz salió de los objetos: del reloj, de la estilográfica, de la brújula, de la propia Bitácora.
—Llegáis tarde —dijo.
—Llegamos —respondió Martín.
—Llegáis a tiempo.
—Antes de cada mundo mágico hay una pérdida que nadie reparó. Antes de cada puerta hay alguien que se quedó fuera. Orígenes es el lugar donde se guardan las heridas que fundaron la magia.
La Bitácora se abrió otra vez. Apareció una lista y al final, escrito con tinta azul: Laika no fue el final. Fue la llave.
Martín apoyó la mano sobre la esfera. La sujetó con fuerza. Y decidió.
—Abrimos.
Sus hermanas apoyaron las manos. La chispa despertó. El mundo desapareció. Solo un latido. Después cayó la primera gota.
Martín abrió los ojos. Estaban en un bosque que no debía existir. Frente a ellos, una puerta de piedra con una huella. Laika apareció junto a Martín. Martín se arrodilló y colocó su mano junto a la pata de Laika en la piedra. Dos huellas. Humano y memoria. La puerta se abrió.
Al otro lado, una cuna vacía. Y sobre ella, una estrella negra latiendo.
—Ese es el primer miedo —susurró Cayetana.
Las manos no le temblaban. Ese fue el cambio. No el mundo. Él.
ORÍGENES
Libro I
El primer latido del mapa
Martín entendió. Entraban en aquello que había hecho necesarias todas las demás aventuras. Y algunas historias no empiezan cuando encuentras la magia. Empiezan cuando decides no volver a apartar la mirada.
El primer latido del mapa es el umbral de Orígenes, la nueva saga del universo de Las Aventuras de Martín el Mago. Un mundo donde la magia no comienza con un hechizo: comienza con aquello que nadie reparó.
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