Una sola cifra en la pantalla del móvil. Sin explicación. Sin contexto. Solo el número, en negro sobre blanco, publicado por el presidente en sus redes a las diez de la mañana de un lunes de abril.
Marcos lo vio desde la sala de espera de una empresa de logística en el polígono norte.
Llevaba cuarenta minutos sentado en una silla de plástico azul frente a una ventanilla de cristal esmerilado. Había diez personas más. Ninguna miraba a otra. Todas miraban el móvil.
Cogió el número del dispensador al entrar: el veintiuno.
Lo tenía aún en la mano.
A las diez y cuarto llamaron al número diecinueve.
Marcos tenía treinta y cuatro años, un máster en Dirección de Empresas que había pagado a plazos y ciento diecisiete solicitudes de empleo enviadas desde octubre. De esas, dieciséis habían llegado a primera entrevista. Cuatro a segunda. Ninguna a tercera.
Abrió la aplicación de empleo. En la parte superior, un banner azul:
España alcanza 22 millones de afiliados. El mejor marzo desde que hay registros.
Lo cerró.
En la silla de al lado, una mujer de unos cincuenta años releía un folio doblado en cuatro. Lo había doblado y desdoblado tres veces desde que Marcos llegó. En el folio había algo escrito a mano que él no podía leer.
El número veinte tardó doce minutos.
Marcos pensó en su padre.
Fontanero. Autónomo desde los veintidós. Cuarenta y un años cotizados y ni un solo currículum enviado en toda su vida. Sus clientes lo llamaban a él. Cuando se jubiló en enero, les dio el número de Marcos. Sin preguntarle.
Se lo dijo después, una noche, casi de paso:
—Por si algún día te interesa.
Marcos no contestó.
Desde entonces le habían llamado cuatro veces. Dos averías de calefacción, una bajante rota, una fuga en un quinto sin ascensor. Él había cogido el teléfono, había dicho que no era fontanero, que lo sentía, había buscado el número de otro en internet y se lo había dado.
La última vez, la persona al otro lado tardó un momento antes de responder.
—Es que su padre nos atendía desde hace doce años. No hay manera de encontrar a nadie.
Marcos guardó el teléfono sin contestar.
Miró las manos.
No tenía ninguna herramienta. Nunca había tenido ninguna.
Llamaron al número veintiuno.
Se levantó. Cogió la carpeta con las copias del currículum, el título del máster y las dos cartas de recomendación que le había costado tres semanas conseguir. Pasó por la puerta de la ventanilla. Dentro había un hombre joven con auriculares, una pantalla girada hacia él y un formulario en papel.
—Nombre y DNI.
Se lo dio.
El hombre tecleó algo. Esperó. Tecleó algo más.
—El puesto ya está cubierto. Nos llegó un perfil ayer por la tarde.
Marcos miró la carpeta.
—¿Y no hay otros puestos?
—Ahora mismo no. Puede dejar el currículum si quiere.
Lo dejó.
El hombre lo puso en una bandeja que ya tenía otros seis encima.
En la calle, el sol pegaba de lado. Había una furgoneta blanca mal aparcada en la acera. En el lateral, con letras azules: Fontanería Hermanos Aguado. Urgencias 24h.
El conductor estaba dentro, hablando por teléfono. Reía. Apuntaba algo en un bloc con un bolígrafo que sostenía entre los dientes cada vez que necesitaba las dos manos.
Marcos se quedó mirando.
El presidente había publicado un segundo mensaje. Un vídeo. Camiseta de la selección. El número 22 en la espalda.
Sois quienes levantáis persianas, cuidáis, enseñáis y construís este país.
El conductor de la furgoneta colgó el teléfono.
Marcó otro número.
Siguió apuntando.
Al pasar junto a la silla vacía, el folio seguía en el suelo.
Doblado en cuatro.
Marcos miró el papelito que todavía tenía en la mano izquierda.
Dos habitaciones. Cuarto de baño. Sin muebles. Barrio de los de antes, cuando todavía se podía.
Lo guardó.
A las dos horas escribió al número. Sin presentarse demasiado. Con cuidado. Como quien llama a una puerta que sabe que puede no abrirse.
La respuesta tardó un día.
Visita el jueves a las 18:00. Confirme asistencia.
Confirmó.
El jueves había once personas en el rellano.
Nadie se miró demasiado. Nadie preguntó nada. Se oía el ruido de la calle de abajo y el sonido de alguien tecleando al fondo del pasillo.
La propietaria abrió la puerta con ese gesto de quien ya ha hecho esto muchas veces ese día.
—Pasen de cinco en cinco.
Cinco minutos por grupo.
Él contó mentalmente. Había once en el rellano. Antes habían venido otros. Después vendrían más.
Entró al piso.
Dos habitaciones. Cuarto de baño. Sin muebles.
En la ventana del salón, una grieta en el marco que alguien había intentado tapar con silicona.
No lo dijo.
Nadie lo dijo.
De vuelta en la calle sacó el móvil.
Había un mensaje nuevo de la propietaria.
Gracias por su visita. Hemos recibido 135 solicitudes. Le comunicaremos la decisión en los próximos días.
Caminó hasta el metro.
Dentro, el vagón olía a gente que viene de trabajar. Todos mirando el teléfono o mirando el suelo o mirando ese punto intermedio donde no hay nada que ver.
En la pantalla de publicidad del andén, una inmobiliaria.
Hay días que empiezan antes de que uno despierte. Días que no hacen ruido, pero lo cambian todo.
A las 06:35 de un martes cualquiera, el día entró sin pedir permiso. El sueño se quebró dentro. Algo más también.
Aún era de noche.
Despertó sin ganas. No quería hacerlo, pero era obligación.
Con los ojos medio abiertos y el cansancio acumulado de otros días, respiró hondo. Un instante después llegó el olor a café. El temporizador había vuelto a funcionar. Un pequeño milagro doméstico que cada mañana ponía en marcha el día.
Cruzó el pasillo sin encender la luz, guiándose por la penumbra que ya conocía de memoria. Se detuvo ante una puerta con dibujos infantiles. La abrió muy despacio.
Allí estaba.
Plácidamente dormida.
Una niña de cinco años que ocupaba toda su vida. Cira. Su hija. Su luz. La observó unos segundos, como si quisiera asegurarse de que todo seguía en su sitio.
Bostezó en silencio y se dirigió al baño.
Se arregló deprisa. Se vistió. Después fue a la cocina.
Preparó unos sándwiches. Dejó un cartón de leche sobre la mesa. Luego comprobó los táperes de comida que había preparado la noche anterior para cuando regresaran del colegio.
Se sentó. Respiró. Dio un largo sorbo al café.
Miró el reloj.
07:13.
Tenía que dejar a Cira en el colegio a las ocho para que llegara al programa de desayuno que ofrecían allí. Eso también le permitía a ella llegar a tiempo al trabajo, a las 08:30.
Volvió a la habitación. Encendió la luz. Se acercó a la cama y la besó con cuidado, como si el aire pudiera romper algo invisible. Como si fuese el primer beso. Como si fuese el último.
—Mami… ¿ya?
—Un poquito más —murmuró la niña—. Porfa.
—Vamos, Cira. Yo tengo que trabajar y tú estudiar.
La niña se levantó de mala gana. Se lavó la cara. Se cepilló los dientes. Se miró en el espejo sin mirarse demasiado.
—Mami… soy pequeña. ¿Tengo que ir?
—Primero a desayunar —respondió ella con paciencia.
Lo demás fue el ritual de siempre. Mochila. Almuerzo. Abrigo. Apagar luces. Activar la alarma. Cerrar la puerta. Y al coche.
A las 07:55 Cira bajó frente al colegio. Le dio un beso rápido.
—Hasta luego, mami.
Entró corriendo por la puerta del centro infantil. Su madre esperó a verla desaparecer dentro. Le dijo adiós con la mano una vez más.
Luego volvió al coche. Se sentó. Respiró profundamente.
—A ver qué toca hoy —murmuró.
Miró el móvil antes de arrancar. Había un mensaje nuevo. No hacía falta abrirlo para saber de quién era. Lo dejó ahí. La pantalla se apagó sola.
Arrancó.
A las 08:25 aparcó frente a la oficina. Antes de bajar del coche, los pasos ya estaban en su cabeza. Veintisiete. Siempre veintisiete. Lo hacía desde hacía meses, como quien comprueba que el suelo sigue ahí.
Bajó. Caminó hasta la entrada.
Juan, el de recepción, le dio los buenos días.
—Hoy estás muy guapa.
Ella no respondió.
Al entrar en la oficina, Pilar, de contabilidad, se acercó en un susurro.
—Oye, Sofía… ¿Luis ya te ha pagado los atrasos de la pensión?
—No.
—Es que este finde lo vi de copas con una rubia…
Sofía la miró sin alterarse.
—¿Y tu Manuel? ¿Bien?
Pilar bajó la mirada.
—Sí… bien, gracias.
Sofía siguió caminando hacia su mesa. Antes de llegar, Javier levantó la vista.
—¿Ha llegado ya el jefe?
—Todavía no.
—¿Te ha vuelto a molestar?
Sofía forzó una sonrisa.
—Hoy todavía no.
Se sentó. Ajustó la silla. Otra vez. Todos los días igual. Parecía desajustarse sola. Como su vida. Desde que todo dejó de ser perfecto.
Sofía abrió el ordenador. El ventilador empezó a girar con ese sonido leve que siempre parecía llegar antes que el propio día. La pantalla tardó unos segundos en iluminarse. Mientras tanto volvió a mirar el móvil.
El mensaje seguía ahí.
«Cuando llegues, pasa por mi despacho.»
Nada más. Siempre nada más.
Al fondo de la oficina se oyeron pasos. Pasos de alguien que no tiene prisa porque sabe que los demás sí. Las conversaciones bajaron de volumen. Ese cambio mínimo en el aire bastó para saber que había llegado.
A las 09:03 el teléfono sonó.
—Sofía.
—Sí.
—Ven un momento.
El despacho tenía una temperatura distinta. Más quieta. Como si el aire hubiese aprendido a esperar.
—Cierra la puerta —dijo Luis.
Sofía cerró. Al girar, vio la foto. Dos niños pequeños en una playa. Sonriendo. Nunca los había oído mencionar.
El clic fue pequeño. Pero suficiente.
—He estado revisando algunos informes tuyos.
No había ningún informe sobre la mesa.
—No están mal.
La palabra «mal» quedó suspendida entre los dos.
—Pero hay cosas que podrías hacer mejor.
—Claro.
—Sobre todo si quisieras.
Cuando Sofía volvió a su mesa, el informe seguía abierto en la pantalla. Al final del documento había aparecido un comentario nuevo.
«Revisar enfoque.»
Ninguna indicación. Ninguna explicación.
Volvió a leer el informe completo. Luego otra vez. Intentó imaginar qué significaba revisar algo que nadie había definido. Al cabo de unos minutos dejó el cursor parpadeando, como si la pantalla también estuviera esperando algo.
A media mañana alguien organizó café en la sala pequeña. Se levantaron varios. Las conversaciones siguieron mientras salían.
Nadie miró a Sofía. No fue un gesto coordinado. Simplemente ocurrió. Como si el silencio hubiera pasado una orden invisible.
Sofía bajó la mirada. No recordaba haber hecho nada distinto. Eso fue lo que más le inquietó.
Ese tipo de cosas no pasan de golpe. Pasan despacio. Como el polvo.
A las dos salió de la oficina. Al caminar hacia el coche, volvió a contar sin querer. Veintisiete. Los mismos.
Condujo hasta el colegio. Cira salió corriendo cuando la vio.
—¡Mami!
La niña hablaba sin parar. Sobre un dibujo. Sobre una amiga. Sobre un dinosaurio que no existía. Sofía escuchaba. Pero una parte de su cabeza seguía en el despacho. En la puerta cerrada. En la foto de dos niños sonriendo en una playa. En las frases que nunca terminaban.
En casa, Cira dejó la mochila en el suelo.
—¿Hoy estás cansada?
—Un poco.
—La seño dice que cuando estás cansado tienes que respirar hondo.
Prepararon la comida.
—Mami.
—¿Sí?
—¿Los jefes mandan siempre?
Sofía dejó el vaso que estaba secando.
—A veces.
—¿Y si mandan mal?
Sofía tardó un momento en responder.
—Entonces alguien debería decirlo.
—¿Quién?
Sofía miró la ventana.
—Alguien.
Esa noche, cuando Cira se durmió, Sofía volvió al salón. Abrió el portátil. La página en blanco. Respiró despacio.
El miedo también se cansa de esperar.
Escribió una sola palabra.
Denuncia.
La miró un momento. La borró. La volvió a escribir.
Esta vez no la borró.
En la habitación de al lado algo se movió. Pasos pequeños. Cira apareció en el pasillo medio dormida. Traía el dibujo en la mano.
—Mami.
Sofía se agachó.
—¿Qué pasa?
La niña levantó el papel. El sol seguía ahí. Grande. Amarillo. Pero ahora tenía algo más. Un círculo oscuro alrededor.
—¿Y eso?
—Es para que nadie lo apague.
Sofía la abrazó. Un momento. Solo un momento. Luego la llevó otra vez a la cama.
Cuando volvió al salón, el portátil seguía iluminando la mesa. La palabra seguía ahí.
Apagó el portátil.
Fuera, la ciudad igual. Los coches. Las luces. Las conversaciones que nadie escucha.
En algún lugar de la casa, el despertador esperaba las 06:35. Como si nada hubiera pasado. Como si nadie fuera a decirlo.