
Tú la miras desde lejos, con esa mezcla de ansiedad y soberbia con la que algunos confunden el deseo con una forma de derecho. Pronuncias su nombre como si repetirlo bastara para acercarte a lo que nunca necesitó buscarte. Ignoras que hay vínculos que no se conquistan. Se reconocen. Entre ella y yo no existe la posesión, ni el orgullo de haber vencido. Existe algo mucho más insoportable para ti: que cuando entra por la puerta no busca con los ojos si hay alguien más. Yo conozco la quietud de sus ojos cuando dejan de defenderse. La forma en que su silencio cabe en el mío sin ajustes. La tibieza con que su cuerpo se abandona, la tensión que se pierde en los hombros sin que ella lo elija. El cuerpo, incluso el cuerpo, sabe antes. Y cuando me nombra, no hay conquista. Hay verdad. Como vuelve el hueso al hueso que ya conocía. Por eso no hay desprecio. El desprecio exige atención. Y ni ella ni yo hemos tenido motivo para volver la cabeza hacia un nombre que ninguno de los dos necesitamos recordar. Eres la distancia entre el que llama y el que ya está adentro. Y ésa es la herida que tu orgullo no consigue cerrar: aquello que anhelas, aquello por lo que serías capaz de convertirte en otro, me ama como la mano que, al caer dormida, aprieta sin saberlo lo que no quiere soltar. No porque yo la retenga. No porque tú hayas perdido. Sino porque el cuerpo ya lo sabía. Y mientras tú aún sueñas con rozarla, ella duerme sobre mi pecho —una mano sobre mi costado, el músculo suelto, la respiración que no guarda nada— mucho antes de que llegaras, ya había elegido.