
La gata hacía rondas por el corral.
Decía que era por el bien de todos.
Olfateaba cada rincón. Contaba cada pluma. Medía cada silencio.
Si un polluelo se apartaba, lo corregía.
Si dos jugaban fuerte, los separaba.
Si uno callaba demasiado tiempo, lo vigilaba más de cerca.
El corral se volvió ordenado.
Tan ordenado que dejó de ser alegre.
Cuando una noche faltó un polluelo, la gata señaló la sombra correcta.
La sombra señalada siempre había estado allí.
Nadie volvió a preguntar.
El orden siguió.
Moraleja:
Quien vigila sin descanso
aprende a señalar antes de buscar.