
La pulpa amaba con ocho brazos.
Y con ocho brazos lo resolvía todo.
Si la cría dudaba, la guíaba.
Si se alejaba, la traía.
Si se asustaba, la envolvía.
La cría aprendió pronto que el mar era grande y que los brazos eran casa.
Un día llegó una corriente.
La cría no supo curvarse.
No había aprendido a ceder con el agua.
Solo conocía los brazos.
La pulpa llegó.
La sostuvo.
Los brazos de la cría colgaban quietos a los lados.
No empujaban.
No resistían.
No sabían qué hacer sin ser sujetados.
La pulpa la sostuvo más fuerte.
Y eso fue todo lo que pudo hacer.
Moraleja:
Quien abraza para evitar el miedo,
enseña a necesitar el abrazo.
El mar no abraza.