Hoy cumpliría un día más.
No lo he dicho en voz alta.
No hacía falta. El día ha llegado igual.
Todo sigue en su sitio.
La casa no ha cambiado.
Ni la luz.
Ni el ruido del agua al abrir el grifo.
La silla sigue donde estaba.
Nadie la ha movido.
Nadie sabe dónde ponerla.
He abierto la ventana sin pensar.
El aire ha entrado despacio, como si reconociera el espacio.
Y durante un segundo —solo uno—
el cuerpo se ha parado.
Como si hubiera oído algo.
Luego se corrige.
Siempre se corrige.
He seguido haciendo lo que tocaba hacer.
Como todos los días.
Cerrar puertas.
Dejar cosas a medias.
Moverme por la casa sin hacer ruido.
He llegado hasta el umbral de tu cuarto.
He vuelto.
Hay gestos que no se van.
Se quedan funcionando.
Como si alguien los hubiera dejado activados.
Hoy cumpliría un día más.
He mirado el calendario.
Más de lo necesario.
No porque fuera a cambiar nada.
Sino por esa idea absurda
de que, si lo miras el tiempo suficiente,
algo termina encajando.
Pero no encaja.
No falta un día.
Falta alguien.
Y eso no se corrige.
Lo demás sigue.
Sigue todo.
La casa.
El aire.
Los gestos.
Incluso este día.
Que ha llegado igual que los demás.
Sin preguntarse
dónde ponerte.
Hay más.
Todo el catálogo, aquí.