Nadie lo iba a decir

Hay días que empiezan antes de que uno despierte. Días que no hacen ruido, pero lo cambian todo.

A las 06:35 de un martes cualquiera, el día entró sin pedir permiso. El sueño se quebró dentro. Algo más también.

Aún era de noche.

Despertó sin ganas. No quería hacerlo, pero era obligación.

Con los ojos medio abiertos y el cansancio acumulado de otros días, respiró hondo. Un instante después llegó el olor a café. El temporizador había vuelto a funcionar. Un pequeño milagro doméstico que cada mañana ponía en marcha el día.

Cruzó el pasillo sin encender la luz. Se detuvo ante una puerta con dibujos infantiles. La abrió muy despacio.

Allí estaba. Plácidamente dormida. Una niña de cinco años que ocupaba toda su vida. Cira. Su hija. Su luz.


Se arregló deprisa. Preparó unos sándwiches. Dejó un cartón de leche sobre la mesa. Miró el reloj: 07:13.

Tenía que dejar a Cira en el colegio a las ocho. Eso también le permitía a ella llegar a tiempo al trabajo, a las 08:30.

Volvió a la habitación. La besó con cuidado, como si el aire pudiera romper algo invisible.

—Mami… ¿ya?

—Vamos, Cira. Yo tengo que trabajar y tú estudiar.


Lo demás fue el ritual de siempre. Mochila. Almuerzo. Abrigo. Apagar luces. Activar la alarma. Cerrar la puerta. Y al coche.

A las 08:25 aparcó frente a la oficina. Antes de bajar, los pasos ya estaban en su cabeza. Veintisiete. Siempre veintisiete.

—Hoy estás muy guapa —dijo Juan, el de recepción.

Ella no respondió.


Pilar, de contabilidad, se acercó en un susurro.

—Oye, Sofía… ¿Luis ya te ha pagado los atrasos de la pensión?

—No.

Sofía siguió caminando hacia su mesa. El mensaje del jefe seguía ahí: «Cuando llegues, pasa por mi despacho.» Nada más. Siempre nada más.

El despacho tenía una temperatura distinta. Más quieta.

—Cierra la puerta —dijo Luis.

Sofía cerró. Al girar, vio la foto. Dos niños pequeños en una playa. Sonriendo.

—He estado revisando algunos informes tuyos. No están mal. Pero hay cosas que podrías hacer mejor. Sobre todo si quisieras.


Cuando Sofía volvió a su mesa, al final del documento había aparecido un comentario nuevo: «Revisar enfoque.» Ninguna indicación. Ninguna explicación.

A media mañana alguien organizó café en la sala pequeña. Nadie miró a Sofía. No fue un gesto coordinado. Simplemente ocurrió. Como si el silencio hubiera pasado una orden invisible.

Ese tipo de cosas no pasan de golpe. Pasan despacio. Como el polvo.


Condujo hasta el colegio. Cira salió corriendo cuando la vio.

—¡Mami!

La niña hablaba sin parar. Sofía escuchaba. Pero una parte de su cabeza seguía en el despacho. En la puerta cerrada. En las frases que nunca terminaban.

—Mami. ¿Los jefes mandan siempre?

—A veces.

—¿Y si mandan mal?

Sofía tardó un momento en responder.

—Entonces alguien debería decirlo.

—¿Quién?

Sofía miró la ventana.

—Alguien.


Esa noche, cuando Cira se durmió, Sofía abrió el portátil. La página en blanco. Respiró despacio.

El miedo también se cansa de esperar.

Escribió una sola palabra: Denuncia. La miró un momento. La borró. La volvió a escribir. Esta vez no la borró.

Cira apareció en el pasillo medio dormida. Traía el dibujo en la mano. El sol seguía ahí. Grande. Amarillo. Pero ahora tenía algo más. Un círculo oscuro alrededor.

—¿Y eso?

—Es para que nadie lo apague.

Sofía la abrazó. Luego la llevó otra vez a la cama.

Cuando volvió al salón, la palabra seguía ahí.

Fuera, la ciudad igual. En algún lugar de la casa, el despertador esperaba las 06:35. Como si nada hubiera pasado. Como si nadie fuera a decirlo.

Santiago Copí


Si este texto te detuvo, no fue casualidad.
Hay más trabajo detrás.

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