Capítulo 3 — La planta

Taza de café humeando sobre una mesa en una habitación duplicada. EL EDIFICIO, serie web de Santiago Copí.

EL EDIFICIO · Capítulo 3 · Lectura estimada: 6 minutos


El ascensor tenía un botón que Hugo no había visto antes.

No era nuevo.

Eso era lo primero que notó. No tenía el aspecto de algo instalado recientemente. No había marcas de obra, ni diferencia de color entre ese botón y los demás, ni el brillo específico de algo que todavía no ha sido suficientemente tocado.

Estaba ahí como siempre había estado.

Como si Hugo hubiera subido y bajado cientos de veces sin mirarlo del todo.

No tenía número.

Solo un símbolo que el ojo registraba y la mente no terminaba de resolver.

Como una planta que no existe en ningún plano.

Hugo lo miró.

El ascensor esperó.

Eso también le pareció extraño.

El ascensor siempre cerraba las puertas antes de que uno terminara de decidir.

Esta vez no.

Esta vez esperó.

Hugo pulsó el botón.


El ascensor subió.

Más de lo que debería.

No mucho más.

Solo un par de segundos de más que no se pueden medir con exactitud pero que el cuerpo registra de todas formas, como cuando uno calcula mal un escalón a oscuras y el pie encuentra el suelo antes de lo esperado.

O después.

Las puertas se abrieron.

El pasillo era igual al del cuarto.

Exactamente igual.

Misma anchura. Misma moqueta con el mismo desgaste en el centro donde la gente siempre pisa. Misma luz amarillenta que no mejora nada.

Tres puertas.

Hugo salió del ascensor.

Las puertas se cerraron detrás de él.

No miró hacia atrás.

Mirar hacia atrás en ese momento le pareció el tipo de decisión que uno lamenta.

El pasillo olía a pintura seca.

El mismo olor del 4ºB la noche anterior.

Como si alguien llevara semanas preparando algo y ya hubiera terminado.

Hugo avanzó hasta la segunda puerta.

La del centro.

No supo por qué esa y no otra.

Algunas decisiones no tienen lógica.

Solo tienen peso.

La puerta estaba cerrada.

Probó el pomo.

Abrió.


El recibidor era el suyo.

No parecido al suyo.

El suyo.

Misma percha con la misma chaqueta que Hugo llevaba tres semanas sin ponerse porque el tiempo había cambiado pero él no había actualizado el armario. Mismo paraguas apoyado en el rincón aunque Hugo no recordaba haberlo dejado ahí. Mismo felpudo con el mismo borde levantado en la esquina izquierda que llevaba meses pensando en pegar y nunca había pegado.

Hugo se quedó en el umbral.

No entró.

Todavía no.

Primero miró.

Eso era lo que hacía un hombre razonable.

Mirar antes de entrar en su propia casa duplicada en una planta que no existía.

Todo igual.

Todo exactamente igual.

Salvo que la luz estaba encendida.

Hugo siempre apagaba la luz del recibidor al salir.

Era uno de esos gestos automáticos que uno ha repetido tantas veces que ya no los registra como decisión.

La luz estaba encendida.

Entró.


El salón.

La misma disposición. El mismo sofá con el mismo cojín desplazado hacia la derecha que Hugo nunca terminaba de colocar bien. La misma lámpara. La misma mesa baja con la misma marca de taza en la esquina que llevaba ahí desde antes de que Hugo pudiera recordar.

Fue entonces cuando lo vio.

Sobre la mesa.

Un café.

En la taza que Hugo usaba cada mañana.

La taza con el asa rota que había pegado dos veces y que seguía usando porque tirar algo arreglado le parecía una derrota.

Humeando.

Todavía caliente.

Hugo no se acercó.

Miró el café desde donde estaba, de pie en el centro del salón, con esa distancia específica que uno pone entre sí mismo y las cosas que no debería encontrar.

Alguien lo había preparado hace menos de cinco minutos.

O el café llevaba aquí esperando el tiempo exacto que Hugo tardaría en llegar.

Fue hacia la mesa.

Se agachó.

El café olía igual que el suyo.

Exactamente igual.

Mismo grado de tostado. La misma proporción que Hugo había tardado meses en encontrar y que ahora preparaba sin pensar.

Algo que solo él conocía.

O algo que lo conocía a él.

Fue entonces cuando vio lo que había debajo de la taza.

Un papel.

Doblado en tres.

Hugo lo reconoció antes de tocarlo.

Lo sacó despacio.

Lo desplegó sobre la mesa.

Era otro formulario.

Encabezado limpio. Columnas ordenadas. El mismo lenguaje de evaluación del anterior.

Formulario de Evaluación de Adecuación Funcional.

Unidad: 3ºB.

Residente: Hugo.

Pero este no estaba relleno.

Las preguntas estaban en blanco.

Todas.

Hugo pasó las páginas despacio, buscando algo escrito, alguna instrucción que tuviera el aspecto de una instrucción aunque no lo fuera del todo.

Nada.

Hasta la última línea.

Separada del resto por una línea fina.

Como siempre.

Como una conclusión.

Como un diagnóstico.

Pero donde el otro decía Resultado: Fase 2 iniciada, este decía algo diferente.

Tres palabras.

En su letra.

Pendiente de firma.

Hugo dejó el papel sobre la mesa.

Al lado del café.

Se incorporó.


Fue entonces cuando lo oyó.

Desde el dormitorio.

No fue un ruido fuerte.

Fue peor.

Una respiración.

Lenta.

Regular.

La respiración de alguien que duerme o de algo que quiere parecer que duerme.

Hugo no se movió.

Miró hacia el pasillo.

La puerta del dormitorio estaba entornada.

Dentro había luz.

La luz pequeña de la mesilla.

La que Hugo encendía cada noche porque apagar la luz del todo le costaba más de lo que estaba dispuesto a admitir.

La respiración siguió.

Regular.

Paciente.

Como algo que lleva ahí el tiempo suficiente para haberse acostumbrado a esperar.

Hugo dio un paso hacia el pasillo.

Luego se detuvo.

Pensó en Naia.

En lo que había dicho sobre Daniel.

Antes de dejar de bajar.

Pensó en el formulario.

En las tres palabras al final.

Pensó en lo que significa que algo espere tu firma.

Dio otro paso.

La madera del suelo crujió bajo su pie.

La respiración del dormitorio se detuvo.

Un segundo.

Dos.

Silencio.

Y entonces, desde dentro, alguien se movió.

No como quien se despierta.

Como quien llevaba despierto mucho tiempo y acaba de decidir que ya es suficiente.

Hugo retrocedió.

Un paso.

Dos.

Tres.

Salió al recibidor.

Abrió la puerta.

El pasillo.

La luz amarillenta.

El ascensor al fondo con las puertas abiertas.

Esperando.

Otra vez.

Hugo entró.

Pulsó el tres.

Las puertas se cerraron.

La cabina empezó a bajar.

Y en el momento exacto en que el suelo de la planta sin número desapareció sobre su cabeza, Hugo oyó algo que no debería haber oído.

La puerta del dormitorio.

Abriéndose del todo.

Y una voz.

Su voz.

—Hugo.


Fin del capítulo 3

El siguiente capítulo ya está escrito.
Pero no lo has leído.
Aún.

Martes, 12 de mayo. 19:00.
El edificio no llega tarde.

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