
EL EDIFICIO · Capítulo 1 · Lectura estimada: 6 minutos
Hugo empezó a preocuparse cuando la silla dejó de sonar.
No cuando sonaba.
Cuando dejó de hacerlo.
Todas las noches, a las 23:12, el vecino de arriba arrastraba una silla por el suelo.
Siempre igual.
Primero un golpe seco.
Después el arrastre.
Tres segundos.
Pausa.
Otro arrastre más corto.
Luego silencio.
Hugo lo había odiado durante meses con una constancia casi doméstica. Había pensado en subir, en dejar una nota, en comprar tapones, en escribir en el grupo de vecinos algo suficientemente educado como para no parecer un maniático.
No lo hizo.
Porque uno termina aceptando ciertas cosas.
La humedad del baño.
El ascensor lento.
El vecino que saluda demasiado.
La silla de las 23:12.
Aquella noche, sin embargo, no sonó.
Hugo estaba sentado en el sofá, con el móvil en una mano y una taza de té en la otra, esperando el ruido con esa mezcla absurda de irritación y fidelidad que uno desarrolla hacia lo que le molesta.
23:11.
Miró el techo.
—Venga —murmuró.
23:12.
Nada.
Hugo esperó.
El silencio siguió quieto.
Eso le molestó más que el ruido.
Dejó la taza sobre la mesa.
Demasiado cerca del borde.
La corrigió.
La volvió a corregir.
Después se dio cuenta de que estaba negociando con una taza para no admitir que escuchaba el techo como si allí arriba alguien le debiera una explicación.
23:13.
Nada.
Sonrió, incómodo.
—Genial —dijo—. Ahora echo de menos al idiota.
Apagó el televisor.
No estaba viendo nada. Solo lo tenía encendido para que el salón no pareciera tan atento.
El silencio se hizo más grande.
Hugo se levantó.
Caminó hasta el recibidor.
Se puso unas zapatillas viejas, de esas que uno conserva porque todavía no están rotas del todo, aunque ya han perdido cualquier forma de dignidad.
Abrió la puerta.
El pasillo estaba iluminado con esa luz amarillenta que no mejora nada. Ni las paredes, ni las caras, ni las decisiones.
Subió por la escalera.
No llamó al ascensor.
No quiso oírlo.
Al llegar al cuarto, se detuvo frente al 4ºB.
La puerta estaba entornada.
Eso no encajaba.
No mucho.
Solo lo suficiente.
Hugo levantó la mano para llamar, pero no llegó a tocar la madera.
La puerta se abrió un poco más.
Sin chirrido.
Sin resistencia.
Dentro no había luz.
—¿Hola?
La palabra entró en el piso y no volvió igual.
Hugo empujó despacio.
El recibidor estaba vacío.
No vacío de muebles.
Vacío de vida.
Había paredes blancas, un suelo limpio, un olor leve a pintura seca y nada más. Ni paraguas. Ni zapatos. Ni un recibo olvidado sobre una cómoda. Ni esa colección de objetos inútiles que demuestra que alguien existe porque no sabe dónde guardar las cosas.
Dio un paso.
Luego otro.
—Soy el vecino de abajo —dijo, como si eso explicara entrar en una casa ajena a las once de la noche.
Nadie respondió.
Avanzó hasta el salón.
Allí estaba la silla.
Una sola.
En el centro exacto de la habitación.
De madera clara.
Sencilla.
Normal.
Eso fue lo peor.
No parecía antigua. No parecía siniestra. No parecía puesta allí para asustar a nadie.
Parecía una silla.
Girada hacia la pared.
Hugo se quedó en el umbral.
No quiso entrar más.
Había algo humillante en tener miedo de un mueble.
Miró el suelo.
No había marcas.
Ninguna.
Ni rayas, ni polvo desplazado, ni señales de arrastre.
La silla que oía cada noche no había arrastrado nada.
O lo había hecho en otro sitio.
O el suelo había decidido no recordarlo.
Hugo tragó saliva.
Sacó el móvil.
Pensó en hacer una foto.
No la hizo.
Porque en cuanto pensó en demostrarlo, todo aquello pareció más ridículo.
Un piso vacío.
Una silla.
Un hombre adulto con zapatillas tristes.
Bajó.
No corrió.
Eso también le pareció importante.
No correr convierte el miedo en inspección.
Al llegar al 3ºB, cerró la puerta con llave.
Luego echó el pestillo.
Después se quedó mirando el pestillo, avergonzado, como si el metal pudiera opinar.
Volvió al salón.
La taza seguía en la mesa.
El té ya no humeaba.
Miró el reloj del microondas.
23:12.
Hugo frunció el ceño.
Fue hacia él.
Lo miró de cerca.
23:12.
Sacó el móvil.
23:12.
La pantalla del televisor apagado reflejaba parte del salón. Su silueta. La lámpara. La mesa.
Y el techo.
Entonces sonó.
Arriba.
El golpe seco.
El arrastre.
Tres segundos.
Pausa.
Otro arrastre más corto.
Silencio.
Hugo no se movió.
El cuerpo, a veces, entiende antes que la cabeza y decide no hacer ruido para no empeorar las cosas.
La silla había sonado.
Exactamente igual.
En el piso vacío.
A las 23:12.
Otra vez.
Hugo respiró despacio.
Una.
Dos.
Tres veces.
Después alguien llamó a su puerta.
No fue un golpe fuerte.
Fue peor.
Dos nudillos suaves.
Como si quien llamaba supiera que no necesitaba insistir.
Hugo miró hacia el recibidor.
No se acercó.
El segundo golpe llegó más bajo.
Casi educado.
Fue entonces cuando oyó una voz al otro lado.
—¿Usted también la oye?
Hugo abrió sin quitar la cadena.
Una mujer estaba en el pasillo.
Llevaba un abrigo gris demasiado fino para aquella hora y el pelo recogido de cualquier manera, como si hubiera salido deprisa o como si llevara días sin llegar a ninguna parte del todo.
No parecía asustada.
Eso lo inquietó más.
—¿Quién es usted? —preguntó Hugo.
Ella miró la cadena.
Luego sus zapatillas.
—Naia.
Hugo esperó algo más.
No llegó.
—¿Vive aquí?
Naia sonrió apenas.
No por simpatía.
Por cansancio.
—Esa pregunta es más complicada de lo que parece.
Hugo pensó en cerrar.
Pensó también que cerrar una puerta nunca había solucionado nada importante.
—La silla —dijo ella—. ¿La oye?
Hugo no respondió.
Naia bajó la voz.
—Mi marido la oía antes.
La palabra marido dejó algo en el pasillo.
Algo usado.
Algo que había perdido temperatura.
—¿Antes de qué?
Naia miró hacia la escalera.
Luego al techo.
—Antes de dejar de bajar.
Hugo notó que la cadena de la puerta le rozaba los dedos.
—Arriba no vive nadie.
Naia volvió a sonreír.
Esta vez sí había algo parecido a pena.
—Eso dicen todos al principio.
El ascensor sonó al fondo del pasillo.
Ambos giraron la cabeza.
La pantalla marcaba 4.
Hugo no respiró.
La cabina empezó a bajar.
3.
Se detuvo.
Las puertas se abrieron.
Vacío.
No había nadie dentro.
Solo una silla.
La misma.
De madera clara.
Normal.
Demasiado normal.
Naia cerró los ojos.
Como quien confirma una mala noticia que ya sabía.
Hugo dio un paso atrás.
—No —dijo.
La palabra salió pequeña.
La silla estaba colocada en medio del ascensor, orientada hacia ellos.
Sobre el asiento había un sobre blanco.
Sin nombre.
Sin dirección.
Naia no se movió.
—No lo toque —susurró.
Hugo la miró.
—¿Por qué?
El ascensor emitió un pitido breve.
La luz del pasillo parpadeó.
Una vez.
Nada más.
El reloj del móvil de Hugo se encendió solo.
23:12.
Otra vez.
Dentro del ascensor, el sobre se deslizó apenas sobre la madera de la silla.
Como si alguien acabara de soltarlo.
Naia dio un paso hacia atrás.
Hugo no.
No porque fuera valiente.
Porque su cuerpo había dejado de obedecer del todo.
Entonces, desde el techo del 3ºB, justo encima de su salón, volvió a sonar el arrastre.
El mismo golpe.
La misma distancia.
El mismo ritmo.
Pero esta vez la silla estaba delante de él.
En el ascensor.
Y arriba…
alguien acababa de sentarse.
Fin del capítulo 1
El siguiente capítulo ya está escrito.
Pero no lo has leído.
Aún.
El capítulo 2 ya está aquí.
Como el sobre.
Como la letra.
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