Capítulo 2 — El registro

Documento administrativo con el sello Procesado. EL EDIFICIO, serie web de Santiago Copí.

Lectura estimada: 6 minutos · ~1.100 palabras

No abrió el sobre.

Lo intentó a las dos de la madrugada, sentado en la cocina con la luz encendida y el sobre en la mesa y un cuchillo de mantequilla en la mano.

El cuchillo de mantequilla fue una decisión discutible.

Lo dejó.

Fue a buscar unas tijeras.

Tampoco las usó.

A las tres y cuarto volvió al sofá.

A las cinco menos algo se quedó mirando el techo con esa concentración inútil de quien espera que el techo le explique algo que el techo no tiene ninguna intención de explicar.

A las seis y media se levantó.

Se puso los zapatos correctos.

Eso, al menos, salió bien.


La oficina de administración estaba en el entresuelo.

Una habitación pequeña que olía a papel y a calefacción excesiva y a los años que alguien lleva en un sitio sin haber elegido del todo estar ahí.

Dos cactus en la ventana.

Un cartel plastificado con el horario de atención.

Otro con las normas del garaje que nadie leía porque las normas del garaje nunca solucionan nada.

Mateo estaba detrás del mostrador.

Cuarenta y tantos. Corbata que no combinaba con nada. El tipo de hombre que ha decidido que los formularios son la única defensa razonable contra el caos del universo y que por eso los defiende con la devoción silenciosa de quien cuida algo frágil.

—Buenos días —dijo Hugo—. Necesito información sobre el piso del cuarto B.

Mateo abrió un cajón.

Lo cerró.

Abrió otro.

—¿El cuarto B de qué escalera?

Hugo miró alrededor.

Había una escalera.

—De esta.

—¿Del edificio?

—Sí.

Mateo tecleó con la concentración de alguien que no quiere llegar al resultado demasiado rápido.

—¿Es usted propietario o arrendatario?

—Vecino. Tercero B.

—¿Y cuál es la consulta respecto al cuarto B?

—Que fui anoche y estaba vacío.

Mateo asintió.

Despacio.

Como si eso encajara en algún protocolo que Hugo desconocía pero que claramente existía.

—¿Vacío de qué?

—De todo. De gente. De muebles. De cualquier señal de que alguien haya vivido ahí alguna vez.

Mateo tecleó más.

Frunció el ceño.

Tecleó de nuevo con la esperanza de que el resultado cambiara si uno insistía lo suficiente.

—El cuarto B —dijo finalmente— no figura en el registro de unidades habitables de esta finca.

Hugo esperó que continuara.

No continuó.

—¿Cómo que no figura?

—No está registrado como vivienda, como trastero, como local ni como ninguna otra categoría reconocida por el reglamento de propiedad horizontal vigente.

—Pero existe. Yo estuve dentro.

—Lo que yo puedo decirle es lo que consta.

—¿Y lo que consta es que no existe?

—Lo que consta es que no figura.

Esa distinción le pareció a Mateo importante.

A Hugo no.

Fue entonces cuando se abrió la puerta.

Naia entró sin llamar.

Llevaba el mismo abrigo de la noche anterior.

El mismo de siempre, pensó Hugo. Y después se preguntó por qué había pensado el mismo de siempre si solo la había visto una vez.

—Necesito el registro de ocupación —dijo Naia, directamente a Mateo—. Planta cuatro. Los últimos tres años.

Mateo la miró.

Luego a Hugo.

Luego a Naia.

—¿Están juntos?

—No —dijeron los dos.

Mateo procesó eso.

—El registro de ocupación es un documento interno. No está disponible para consulta pública salvo requerimiento formal o—

—Mi marido vivía en el cuarto B.

La frase no tenía presente.

Solo pasado.

El pasado con esa textura específica de algo que ya no se puede recuperar aunque uno todavía no lo haya aceptado del todo.

Mateo abrió la boca.

La cerró.

Tecleó.

—En el cuarto B no figura ningún inquilino registrado. Como le acabo de explicar al señor…

—Hugo.

—Al señor Hugo, esa unidad no consta en el sistema.

Naia se apoyó en el mostrador.

No con agresividad.

Con el agotamiento de alguien que lleva demasiado tiempo repitiendo algo verdadero a gente con mejores documentos que memoria.

—Busque por nombre. Arce. Daniel Arce.

Mateo tecleó.

Esperó.

Tecleó de nuevo.

—No hay ningún Daniel Arce en los registros de este edificio.

Naia sacó un papel del bolsillo del abrigo.

Un DNI.

Lo deslizó sobre el mostrador sin decir nada.

Mateo lo miró.

Tecleó el número.

El ordenador tardó.

Más de lo normal.

Como si estuviera buscando en algún sitio más hondo que los servidores habituales.

Luego mostró una pantalla.

Mateo se quedó quieto.

Eso fue lo primero que Hugo notó.

Que Mateo dejó de moverse.

No un segundo.

Dos.

Tres.

Como alguien que reconoce algo que preferiría no haber reconocido.

Giró el monitor muy despacio.

La ficha de Daniel Arce.

Nombre. DNI. Fecha de entrada.

Unidad: 4ºB.

Todo correcto.

Salvo la última línea.

Donde debería haber una fecha de salida había una sola palabra.

Procesado.

Naia no cambió de expresión.

Hugo sí.

—¿Qué significa procesado?

Mateo no respondió de inmediato.

Comprobó el historial de modificaciones con los movimientos lentos de alguien que necesita un momento antes de dar una mala noticia que todavía no sabe cómo nombrar.

—No debería poner eso —dijo—. No es una categoría del sistema.

—Pues pone eso.

—Ya lo veo.

Buscó la fecha del último cambio.

Buscó el usuario que había editado el archivo.

El campo estaba vacío.

No en blanco.

Vacío.

Como si nadie hubiera tocado ese archivo nunca.

Como si siempre hubiera dicho lo mismo.

Mateo cerró el archivo.

Con demasiada calma.

Hugo miró sus manos.

Las uñas perfectamente cortadas.

Demasiado perfectamente.

Como alguien que cuida los detalles que puede controlar.

La calma de alguien que ha aprendido que ciertas cosas se manejan cerrando ventanas.

—Le recomiendo que utilice el formulario de incidencias —dijo—. Está en la web de la comunidad. Tiempo de respuesta habitual: entre siete y catorce días hábiles.

—Hábiles —repitió Hugo.

—Hábiles.

Hugo miró los cactus.

Los cactus no opinaron.

Naia ya estaba en la puerta.

—Venga —dijo.

Hugo fue.


En el pasillo, Naia caminó tres pasos y se detuvo.

Sacó algo del otro bolsillo del abrigo.

Un sobre.

Blanco.

Sin nombre.

Sin dirección.

Hugo lo reconoció antes de reconocerlo.

—¿De dónde…?

—Del ascensor —dijo Naia—. Hace tres semanas. La noche que Daniel dejó de bajar.

Hugo miró el sobre.

Luego el suyo, dentro del bolsillo de la chaqueta.

—El mío tiene mi nombre —dijo.

—Lo sé.

—¿Cómo lo sabe?

Naia miró hacia la escalera.

Luego al techo.

El mismo gesto de la noche anterior.

Como si esperara algo de ahí arriba.

O como si ya supiera que ahí arriba siempre hay algo esperando.

—El de Daniel también tenía su nombre —dijo—. Escrito con su letra.

Hugo no dijo nada.

Naia tampoco.

El pasillo hizo lo que hacen los pasillos cuando nadie habla.

Quedarse muy quieto.

—¿Lo abrió? —preguntó Hugo.

Naia tardó.

—Sí.

—¿Y?

Ella lo miró.

Por primera vez desde que lo conocía, Naia parecía estar evaluando si Hugo estaba listo para algo.

Y por primera vez desde que la conocía, Hugo tuvo la sensación de que podía no estarlo.

—Ábralo usted primero —dijo ella.

Y bajó por la escalera sin esperar respuesta.


Hugo abrió el sobre en el rellano del tercero.

Solo.

De pie frente a su puerta con la llave en una mano y el sobre en la otra y el silencio del edificio haciendo ese ruido que hace el silencio cuando uno empieza a prestarle demasiada atención.

Dentro había un papel doblado en tres.

Lo desplegó.

Era un formulario.

Encabezado limpio. Columnas ordenadas. Preguntas numeradas con ese lenguaje de evaluación que uno reconoce aunque no quiera reconocerlo.

Formulario de Evaluación de Adecuación Funcional.

Unidad: 3ºB.

Residente: Hugo.

Ya relleno.

En su letra.

Cada pregunta respondida con la precisión tranquila de alguien que se conoce bien.

O de algo que lo conoce mejor que él.

Hugo leyó hasta el final.

La última línea estaba separada del resto por una línea fina.

Como una conclusión.

Como un diagnóstico.

Resultado: Fase 2 iniciada.

Hugo dobló el papel.

Lo metió en el sobre.

Abrió la puerta.

Entró.

Cerró con llave.

Luego echó el pestillo.

Esta vez no se quedó mirándolo.

Ya sabía lo que el metal podía y no podía hacer.

Arriba.

Silencio.

No había silla.

No había ruido.

Solo el formulario en el bolsillo y la certeza nueva y fría de que la Fase 2 no era una amenaza.

Era una notificación.

Y las notificaciones no piden permiso.


El siguiente capítulo ya está escrito.
Pero no lo has leído.
Aún.

El capítulo 3 ya está aquí.
La Fase 2 no esperó.
Tampoco el ascensor.

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