Capítulo 5 — La llave
Hugo llevaba tres días intentando recordar cuándo había empezado a no oír la silla.
No lo conseguía.
Y eso era exactamente el problema.
La primera vez que vio a Leyre fue en el buzón.
Ella revisaba el suyo con la naturalidad de alguien que lleva años haciéndolo. Movimientos precisos. Sin buscar. Sin dudar. Como si el buzón llevara toda la vida en el mismo sitio y ella llevara toda la vida abriéndolo.
Hugo no la había visto antes.
Eso no significaba nada. En un edificio uno puede vivir años sin ver a todos los vecinos.
Pero había algo en ella que hacía difícil creer que pudiera pasar desapercibida mucho tiempo.
No era llamativa.
Era exactamente lo contrario.
Era el tipo de persona que encajaba tan bien en cualquier sitio que uno tardaba en notar que estaba ahí. Y cuando lo notaba ya era tarde para preguntarse desde cuándo.
—Buenos días —dijo ella, sin levantar la vista del buzón.
—Buenos días —dijo Hugo.
—Usted es el del tercero B.
No era una pregunta.
—Sí.
—Leyre. —Cerró el buzón. Lo miró. Sonrió con la sonrisa de alguien que practica ser amable porque sabe que funciona—. Cuarto A.
Hugo asintió.
—No la había visto antes.
—Llevo tres semanas —dijo ella—. El edificio tarda en presentarte a la gente.
Esa frase le pareció a Hugo una forma extraña de decirlo.
No incorrecta.
Extraña.
La volvió a ver esa tarde.
En el pasillo del tercero.
Delante de su puerta.
Con una llave en la mano.
Hugo se detuvo al fondo del pasillo.
Leyre no se giró.
Introdujo la llave en la cerradura.
La giró.
La puerta se abrió.
—Perdone —dijo Hugo.
Leyre se giró entonces. Sin prisa. Sin sobresalto. Con la expresión de alguien a quien interrumpen en algo perfectamente razonable.
—Esa es mi puerta —dijo Hugo.
Leyre miró la puerta.
Luego la llave.
Luego a Hugo.
—Lo sé —dijo.
Hugo esperó que continuara.
No continuó.
—¿De dónde ha sacado esa llave?
—Me la dieron —dijo Leyre.
—¿Quién?
—La administración —dijo finalmente.
—La administración no puede dar una llave de mi piso sin mi permiso.
—No —dijo Leyre—. Normalmente no.
Esa distinción le pareció a Hugo importante.
A Leyre no.
Ya había entrado.
Hugo la siguió dentro.
Leyre estaba en el salón. De pie. Mirando alrededor con la atención tranquila de alguien que evalúa un espacio.
No con curiosidad.
Con reconocimiento.
—Es más pequeño de lo que parece desde fuera —dijo.
Lo dijo sin incomodidad. Sin el mínimo gesto de quien acaba de ser pillado en algo.
Hugo la vio moverse por la habitación. Se detuvo en la estantería. Ladeó la cabeza. Dos filas de libros: una visible, otra empujada al fondo. La fila de delante estaba ordenada por colores. La del fondo, la que quedaba detrás, tenía lomos rotos.
—Alguien los ordenó así —dijo.
No era una pregunta.
—Sí —dijo Hugo.
Siguió.
—¿Qué quiere? —preguntó Hugo.
—Presentarme. Soy su vecina.
—Ha entrado en mi casa con una llave que no le he dado.
—La administración—
—La administración no existe —dijo Hugo—. O no debería. El cuarto B no figura en ningún registro. Mateo no sabe qué está pasando. Y usted tiene una llave de mi piso.
Leyre asintió. Despacio. Como si todo eso fuera razonable y ella lo estuviera procesando con la calma que merecía.
—¿Conoce a Mateo? —preguntó.
—Es el administrador.
—Era —dijo Leyre.
Hugo frunció el ceño.
—¿Cómo que era?
—Dejó el cargo la semana pasada. —Leyre miró la mesa. La taza vacía del café de la mañana. El formulario doblado en tres—. ¿No le avisaron?
Hugo no respondió.
Porque nadie le había avisado.
Y porque la forma en que Leyre miraba el formulario tenía algo de reconocimiento que no debería estar ahí.
—¿Qué sabe usted del formulario? —preguntó.
Leyre levantó la vista.
—¿Qué formulario?
Hugo miró la mesa.
El formulario no estaba.
Lo había dejado ahí esa mañana. Doblado en tres. Al lado de la taza.
—Estaba aquí —dijo.
—No veo nada —dijo Leyre.
Su tono no era el de alguien que miente. Era el de alguien que dice exactamente lo que ve. El problema era que lo que veía y lo que Hugo sabía que estaba ahí no coincídían.
—Debería irse —dijo Hugo.
—Por supuesto. —Leyre cogió el bolso. Se lo puso al hombro. Caminó hacia el recibidor con paso tranquilo—. Si necesita algo, ya sabe dónde estoy.
—No sé dónde está.
—Cuarto A —dijo ella, sin girarse—. Al lado del cuarto B.
Pausa.
—Aunque supongo que ya lo sabe.
Abrió la puerta. Salió.
Hugo fue al recibidor. Miró el pasillo. Leyre ya no estaba. No había tenido tiempo de llegar al ascensor ni a la escalera. No en ese tiempo.
Volvió a su piso. Cerró la puerta. Echó el pestillo.
Y entonces lo vio.
Sobre el sofá.
Leyre estaba sentada.
No de visita. Como quien ocupa un sitio que le corresponde. En el lugar exacto donde Hugo se sentaba siempre. No donde se sienta un invitado. Donde se sienta quien vive ahí.
Sobre la mesa había una taza. Café. Humeando.
Leyre lo miró. Señaló la taza con un gesto tranquilo.
—Se te estaba enfriando.
Hugo no se movió. La puerta a su espalda seguía con el pestillo echado. Nadie había entrado. Nadie podía haber entrado.
—Siéntate, Hugo.
Primera vez que lo tuteaba.
Hugo notó el cambio antes de entenderlo. Como cuando alguien que siempre ha llamado a tu puerta usa tu llave por primera vez.
—El formulario —dijo Leyre— no ha desaparecido.
Pausa.
—Lo tienen ellos.
Hugo se quedó de pie frente al sofá cuando Leyre se fue.
El cojín donde se había sentado.
Lo tocó.
Estaba caliente.
No el calor de un cojín cerca de una lámpara. El calor específico de un peso que lleva mucho tiempo en el mismo sitio. Horas, quizás. No los minutos desde que había aparecido.
Hugo había echado el pestillo antes de volver.
El cojín no lo sabía.
El siguiente capítulo ya está escrito.
Pero no lo has leído.
Aún.
Horror burocrático · Ficción serializada
@santiagocopi
ISBN 9798233659300
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