
Naia dejó de aparecer un miércoles.
No de golpe.
De la forma en que desaparecen las cosas importantes. Sin aviso. Sin escena. Sin el momento exacto que uno pueda señalar después y decir ahí fue cuando ocurrió.
Hugo lo notó el jueves por la mañana cuando fue a hacer café y pensó en hacérselo a ella también.
Y se detuvo.
Porque no sabía por qué había pensado eso.
No había quedado con Naia. No había ninguna razón para que estuviera en su piso.
Pero la costumbre estaba ahí.
El gesto automático de coger dos tazas en lugar de una.
Como algo que el cuerpo había aprendido sin pedirle permiso al resto.
Le había pasado antes. Con otro motivo. De otro tiempo.
Dejó una taza en su sitio.
Hizo el café.
Se sentó.
Intentó recordar la última vez que la había visto.
No pudo.
Lo intentó de otra forma.
No la última vez. Los detalles.
El abrigo gris. Demasiado fino para la hora. Siempre.
El pelo recogido de cualquier manera.
Las manos alrededor de la taza. Las dos manos. Como si necesitara el calor aunque el piso no estuviera frío.
Un gesto al hablar. Miraba hacia arriba a la derecha cuando buscaba las palabras exactas. No al techo. A algún punto específico del aire que solo ella podía ver.
Todo eso lo recordaba. Con precisión. Con la nitidez de algo que uno ha observado muchas veces sin saber que lo estaba memorizando.
Pero la cara.
Hugo cerró los ojos.
La cara no llegaba.
No borrosa.
No distorsionada.
Simplemente no estaba.
Como un espacio en blanco donde debería haber algo y el cerebro no sabe cómo procesar la ausencia de algo que debería ser obvio.
Fue al móvil.
Buscó en la galería.
Fotos de los últimos tres meses.
Nada.
Abrió el chat con Naia.
Existía.
Mensajes. Fechas. Conversaciones que se extendían semanas atrás.
Hugo los leyó. Eran suyos. Su forma de escribir. Sus frases. Sus respuestas.
Pero los de ella eran distintos. No en el estilo. En el contenido. Ella sabía cosas que Hugo no recordaba haberle contado. Detalles del piso. La marca de la taza. El pestillo que echaba de noche. La proporción exacta del café.
Como si hubieran hablado en un idioma que él había olvidado.
Siguió bajando en el chat.
Hasta el último mensaje.
De ella.
Tres días antes.
Cinco palabras.
Cuando empieces a olvidarme, firma.
Las 23:12.
Fue al salón.
Miró alrededor.
Estaba ahí.
El abrigo.
Colgado en la percha del recibidor junto a su chaqueta. Como si ella lo hubiera dejado al entrar y fuera a volver a buscarlo.
Hugo lo cogió.
Pesaba lo que pesa un abrigo.
Olía a algo que no supo identificar pero que reconoció. Lo había olido antes. Muchas veces. En el pasillo. En el sofá. En el espacio que Naia ocupaba cuando estaba cerca.
El abrigo existía. Naia había existido. Pero la cara seguía sin llegar.
Hugo colgó el abrigo.
Se quedó mirándolo.
Fue a la cocina.
En la encimera había dos tazas.
No las había dejado ahí. Había hecho el café esa mañana con una sola, la del asa rota, y la había fregado. Pero en la encimera había dos.
La segunda era pequeña. Más pequeña que la suya. Con un ribete azul en el borde que Hugo no reconoció como suyo pero tampoco como ajeno.
La cogió.
Estaba limpia. Usada, pero limpia. Del tipo de limpieza de algo que se lava con cuidado porque importa.
Hugo la sostuvo un momento.
Buscó dentro de sí algo. Algún recuerdo atado a esa taza. Alguna escena. Una voz. El gesto de alguien cogiéndola con las dos manos.
Nada.
La taza estaba ahí y no le decía nada. Como si siempre hubiera sido suya y nunca hubiera pertenecido a otra historia.
Eso fue lo peor.
No que no recordara. Sino que la taza estuviera tan quieta en sus manos. Sin peso de nada.
La volvió a dejar en la encimera.
Al lado de la otra.
Abrió la galería otra vez. Buscó por lugar. Fotos tomadas en el edificio. Apareció una.
Hugo la abrió.
La terraza. Luz de tarde. Naia estaba sentada. El mismo abrigo. El pelo recogido. Las manos sobre la mesa. Mirándole a él.
Hugo amplió la foto.
La cara.
Intentó retenerla.
Un segundo.
Dos.
Y entonces ocurrió algo que no debería poder ocurrir.
La cara dejó de resolverse. No se borró. No cambió. Simplemente dejó de ser una cara reconocible. Como cuando uno repite una palabra demasiadas veces y de repente el sonido pierde el significado.
Hugo bajó el móvil. Respiró. Lo volvió a subir.
La foto seguía ahí. Naia seguía ahí. Pero la cara era como un espacio que sus ojos recorrían sin poder anclar a nada.
Dejó el móvil sobre la mesa. Se sentó en el sofá. En el sitio de siempre.
Y entonces lo vio.
Había ampliado la foto antes de bajar el móvil. Los ojos de Naia. Mirándole. Y en esos ojos había algo que Hugo tardó en nombrar porque no lo había visto nunca con tanta claridad en nadie.
Cogió el móvil.
Abrió el chat.
Escribió: ¿Dónde estás?
Esperó.
El mensaje se entregó.
Un tick.
Luego dos.
Leído.
Naia no respondió.
Pero a las 23:12, el móvil vibró.
Un mensaje.
Sin texto.
Solo una foto.
El formulario.
Las preguntas en blanco.
Y la última línea.
Pendiente de firma.
Debajo, una sola línea más.
Ya no queda mucho tiempo, Hugo.
El siguiente capítulo ya está escrito.
Pero no lo has leído.
Aún.
Miércoles, 27 de mayo. 19:00.
El proceso está casi terminado.
Casi.
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