El gallo había cantado siempre. Era lo suyo.
Un día le dijeron que molestaba. Que su voz era demasiado fuerte.
Afinó. Esperó el momento. Bajó el tono.
Luego le pidieron silencio.
El gallo dobló el cuello. Esperó al amanecer sin moverse.
El sol salió igual.
El corral se removió despacio, sin saber qué lo había despertado.
El gallo abrió el pico.
No salió nada. O salió algo tan bajo que nadie lo oyó.
Que es lo mismo.
Moraleja:
Quien cede su voz,
cede el amanecer.