Capítulo 18 — El administrador
Mateo estaba en la cocina.
No como quien entra sin permiso. Como quien no ha salido nunca. Con la misma corbata de siempre, los mismos archivos bajo el brazo, el mismo cactus en miniatura que Hugo había visto siempre sobre la mesa de la administración y que ahora estaba encima de su encimera sin que nadie lo hubiera traído.
Buenos días, dijo Mateo.
Hugo se quedó en el umbral de la cocina.
¿Cómo has entrado?
Por la puerta, dijo Mateo. Como siempre.
No lo dijo con ironía. Lo dijo como un hecho. Como si hubiera una historia compartida en la que entrar por la puerta era lo habitual y Hugo lo sabía y solo lo preguntaba para confirmar.
Mateo. Llevas meses sin aparecer.
Mateo frunció el ceño.
He estado muy ocupado. El trimestre de cierre es siempre complicado. ¿Te ha llegado la documentación de la comunidad?
Hugo miró el cactus.
El cactus estaba seco. No reseco: seco con la sequedad de algo que lleva mucho tiempo sin agua, que ha llegado al punto en que ya no lo necesita o en que ya es tarde para que lo necesite.
Mateo. ¿Cuándo firmaste los papeles de cese?
¿Qué papeles de cese?
Dejaste el cargo. Hay una nueva administradora.
Mateo lo miró.
Fue la primera vez, en todo el tiempo que lo conocía, que Hugo lo vio dudar. No con confusión. Con algo más profundo. Con el gesto de alguien que intenta acceder a un recuerdo y el recuerdo no está.
Eso no es correcto, dijo Mateo finalmente.
La nueva administradora lleva tres años en el cargo. No tiene constancia de que hayas existido.
Silencio.
Mateo dejó los archivos sobre la mesa.
El lomo de la carpeta superior quedó visible. No el nombre de la comunidad. No la dirección del edificio. Una etiqueta: Serie activa — Unidades pendientes: 3.
Se sentó.
Hugo se sentó enfrente.
Mateo tenía las manos sobre la mesa, planas, como alguien que intenta que no le tiemblen. No le temblaban. Pero el intento era visible.
¿Has dormido bien últimamente? preguntó Hugo.
No especialmente.
¿Ruidos?
Mateo lo miró.
Solía haberlos, dijo. De arriba. Pero hace tiempo que no los oigo.
¿Cuánto tiempo?
Mateo pensó.
No encontró respuesta.
No lo recuerdo, dijo.
Hugo miró el cactus.
¿Cuándo lo compraste?
Mateo siguió su mirada.
Miró el cactus durante un momento largo.
No recuerdo haberlo comprado, dijo.
Su voz era la misma de siempre. El mismo tono, la misma cadencia, la misma forma de articular las palabras que Hugo había escuchado en decenas de conversaciones sobre comunidades de propietarios y derramas y registros de ocupación.
Pero los ojos tenían algo diferente.
El tipo de mirada de alguien que empieza a sospechar que hay agujeros en su historia y que hasta ahora no había necesitado asomarse a ellos porque nadie le había preguntado.
Mateo, dijo Hugo. ¿Cuándo llegaste a este edificio?
Mateo lo miró.
Siempre he estado aquí, dijo.
Y lo dijo de una forma que no era una respuesta. Era un diagnóstico.
Hugo miró sus manos sobre la mesa.
Perfectamente planas.
Las uñas perfectamente cortadas.
Demasiado perfectamente.
Como siempre.
El siguiente capítulo ya está escrito.
Pero no lo has leído.
Aún.
El proceso está casi terminado. La firma es solo el último paso.
Horror burocrático · Ficción serializada
@santiagocopi
ISBN 9798233659300
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