Capítulo 13 — El vecino

EL EDIFICIO · ARCO II · REF. SCP-2026-01EN — The Neighbor ↗
Buzones metálicos de edificio con el nombre Hugo Martínez repetido en varias unidades contiguas. EL EDIFICIO.

Capítulo 13 — El vecino

EL EDIFICIO · CAPÍTULO 13 · LECTURA ESTIMADA: 6 MINUTOS


Lo vio por primera vez en el ascensor.

Treinta y pocos años. Chaqueta algo grande para sus hombros, como de alguien que la había comprado en otro momento de su vida. El tipo de persona que todavía llevaba las llaves del trabajo en el mismo llavero que las de casa, porque todavía no había tenido tiempo de separar esas dos vidas del todo.

Sonrió cuando entró.

—Hola. Segundo A. Llevo tres semanas y creo que aún no nos habíamos cruzado.

—Tercero B —dijo Hugo.

—Marcos.

—Hugo.

El ascensor subió.

Hugo lo miró de reojo. El llavero. Las llaves demasiadas para un solo piso. Un auricular en el bolsillo derecho, el cable enredado. Los ojos ligeramente enrojecidos de alguien que lleva varios días durmiendo menos de lo que necesita.

—¿Todo bien? —dijo Hugo.

Marcos lo pensó antes de responder.

—Sí, sí. Es que me estoy adaptando todavía. El piso es bueno, pero… —se detuvo.

—¿Pero qué?

—Nada. Ruidos. De adaptación.

El ascensor se detuvo en el segundo.

Marcos salió. Se giró antes de que las puertas se cerraran.

—Oye, ¿es normal que en este edificio se escuchen ruidos por la noche? ¿De arriba?

Hugo puso la mano en el botón del tres.

—¿A qué hora?

Marcos frunció el ceño.

—No sé. Tarde. Pasada la medianoche, creo.

Hugo no respondió en seguida.

—Normalmente sí —dijo al final.

Las puertas se cerraron.


Esa noche, Hugo escribió una nota.

No larga. Seis líneas. Lo suficiente para que Marcos supiera lo que debía saber sin que sonara imposible. El formulario. El buzón. La silla. Lo de Pendiente de firma. Lo del otro Hugo.

La dobló. La metió en un sobre. Bajó al vestíbulo y la dejó en el buzón número ocho.

Segundo A. Marcos.

Subió.

Se durmió a las doce menos cuarto.

A las 23:12, silencio.

A las siete de la mañana, cuando bajó a por el correo, encontró el sobre en el felpudo de su puerta.

Cerrado.

El sello intacto.

Hugo lo cogió. Lo abrió. La nota seguía dentro, doblada en las mismas marcas que él había hecho. Sin leer. Sin abrir.

Como si hubiera regresado sola.

Hugo dio la vuelta al sobre.

El sello estaba intacto.

Pero en el dorso, apenas visible, había una marca.

La presión de un pulgar, aplicada desde dentro, a través del papel de la nota, antes de cerrar el sobre.

No era tinta. Era presión.

Hugo miró el tamaño.

Podría ser el suyo.

No lo comprobó.

Desdobló la nota. La leyó. Sus seis líneas, intactas. Pero en la esquina superior derecha, apenas visible sobre el papel blanco, había una marca. Un tampón. Tinta azul, desgastada. Dos palabras: No procede.

Se metió la nota en el bolsillo. Subió.


Hugo miró el sobre en sus manos.

Luego miró la puerta del segundo A desde el rellano.

Cerrada. Silencio al otro lado. El tipo de silencio de alguien que duerme todavía, o que ya ha salido, o que está dentro pero con los auriculares puestos viviendo todavía en el mundo de antes.

Hugo guardó la nota en el bolsillo.

Volvió a su piso.

El papel en la mesa. El plazo es indefinido.

Hugo se sentó.

Pensó en Damián. En los mapas. En los doscientos años de lista con el mismo nombre. En la pregunta que el otro Hugo le había hecho y que seguía sin poder responderse: si encajar significaba perder algo o si perderlo significaba encajar.

Pensó en Marcos. En las llaves demasiadas. En los ojos enrojecidos.

En cuánto tiempo le quedaba antes de que el edificio le enviara el sobre.

El siguiente capítulo ya está escrito.

Pero no lo has leído.

Aún.

El edificio no tiene prisa con los nuevos.

© 2026 Santiago Copí
Horror burocrático · Ficción serializada
@santiagocopi
ISBN 9798233659300
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